La muerte como brújula

Ha ocurrido casi todo a la vez: mi abuelo enfermo en el hospital y no sabían bien si saldría de esta (gracias a Dios se ha recuperado), el final de la serie A dos metros bajo tierra (Six feet under en inglés) de una familia que dirige una funeraria, cuyo último capítulo nos muestra cómo mueren cada uno de los personajes; la extraña hazaña de meternos en familia, el otro día, a tomar algo caliente en la cafetería del tanatorio de Alcorcón, porque estábamos paseando por allí y hacía demasiado frío; Sendino se muere, de Pablo D’Ors; Tifo, que se fue hace poco;  el recuerdo de Mumtás; y mi 33 cumpleaños.

Ha ocurrido casi todo a la vez y veo que sigo sin concebir muy bien qué sea eso de la muerte. El horizonte de la muerte es maestro rotundo (por eso la hoz) para la vida. ¿De qué sirve vivir para morir si nuestros 30 o 40 o 50 o 90 años sobre la tierra serán un mero pasatiempo? ¿De qué sirve tener hijos si no se les enseña nada de lo eterno? ¿Y tener miedo o vergüenza o escrúpulos para ser uno mismo con tan poco tiempo para hacer algo que merezca la pena? ¿Y la fama, eso que decían los griegos? ¿La fama de qué le sirve al que ha muerto? ¿Tendrán Aquiles, o Alejandro, o Leonardo o Napoleón o un día Cristiano Ronaldo satisfacción post-mortem por seguir en las páginas de los libros de historia? ¿O es solo los que se quedan quienes se sirven de su ejemplo?

Asomada a ese ventanuco que se me ha abierto estos días, solo encuentro dos modos más o menos auténticos de vivir: uno, si la vida es lo que se ve y ya está, bebérsela entera, ser hedonista hasta la médula, comérsela, amársela, riéndonos mientras de su insignificancia; el otro, si la vida es sobre todo lo que no se ve, un puente hacia otra cosa, un regalo y a la vez una prueba, entonces hay que ponerla en su sitio y aprovecharla para llegar al fondo de su significado. Vivir para nosotros o por algo más grande que nosotros mismos, en definitiva.

Mi vida pasará. Me iré tarde o temprano. Se irán todos los que me amaron. Mis hijos morirán. Y los hijos de mis hijos. Mis padres. Mis hermanas. Mi marido. Ojalá cuando llegue el día haya merecido la pena dialogar con el tiempo. Ojalá hallemos entonces paz. Ojalá.

((“Y se quedarán los pájaros cantando”)).

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