Final de curso, tesis, Ramadán, yo también empiezo el cole

Los últimos meses han sido vertiginosos. Pero no del vértigo espacial que uno siente cuando se asoma a lo alto de un acantilado, sino un vértigo de manantial, vida vuelta manantial, que florece allá por donde ya no lo esperas.

En febrero, después de dos años y medio de haber aprobado sin plaza una oposición, llegó a mi número la lista de profesores interinos de instituto. Con un pequeño matiz: me tocó dar clases particulares a chicos (todos adolescentes) que por razones médicas no podían desplazarse a sus centros. Resultado: por primera vez desde que soy madre me hacen un contrato de trabajo. Resultado: de algún modo es un puesto que nunca había imaginado, pero a la vez perfecto para mí. A tanto niveles que no podría ni empezar a explicarme. Cuando eres profesora aprendes mucho más de lo que enseñas. Quiero darles las gracias, por si un día me leen, a Mónica, Fiorella, Teresa, Nicolás y Alisson.

En abril presenté por fin la tesis, y me quité un peso de encima.

En junio el curso se acabó. Poco después empezó un Ramadán que me ha limpiado por dentro y por fuera, que me ha devuelto las fuerzas después de los partos, y que me ha puesto los pies en la tierra y el corazón en un árbol. Una secuoya quizá desde la que se ve bien el cielo.

Las vacaciones: un suspiro. El mar que cura porque late, la dulce boda de Diana y Briant, una ecoaldea perdida en el norte de Francia donde Jorge y Annelen quisieron sellar su amor (y en tono sufí) y la subida con Teresa a lo alto de la Torre Iff (así la llamaba cariñosamente Abraham). Agotados con los dos pequeñuelos de paseo por París. Felices de hacer este intenso viaje en familia. Sin dejar de aprender. ¡Ante la vida sólo cabe el entusiasmo!

Nos ponemos en septiembre y resulta que Omar ya anda y que Abraham afronta sus primeros días de colegio. Maduro y feliz. Un poco desorientado quizá. Deseoso de aprender. Relatando al volver cada día mil historias fantásticas y hermosas.

Y viene la reflexión: la maternidad (en todas sus fases) es puro aprendizaje de amor y desapego. Veo a Abraham subir las escaleras y perderse por la puerta hasta entrar a su clase y no siento tristeza, aunque sí se encoge el corazón porque de algún modo se está diciendo adiós; y siento curiosidad, emoción por el mundo que se le abre ahora, alegría porque yo era feliz en el cole, mucho amor, y la sensación de que es esto lo que ahora toca. La vida está bien hecha. Cada una de sus fases. Él empieza estos días a independizarse y al desapegarme un poquito me asomo a ese destino único que le aguarda, a la gratuidad en el amor que Dios quiere que la madre aprenda, a la intuición de que allá en el fondo, muy en el fondo, nuestra maternidad se abre a todos los demás seres. A condición de asumir y abrazar el dolor que conlleva amar.

Empieza el cole.

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Una respuesta a Final de curso, tesis, Ramadán, yo también empiezo el cole

  1. Pepe y Rosa dijo:

    Nos has dejado sin aliento , nada que añadir
    Os queremos. Pepe y Rosa

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