Tu parto IV

Recorremos rápido el pasillo en busca del paritorio. Las contracciones llegan con mucha frecuencia. He vuelto a lo animal, lo instintivo, el dolor es tan intenso. Pido a Dios que me deje llegar a la habitación. Siento vergüenza (¿vergüenza?) de que nazcas en el pasillo de un hospital. El intento de retenerte aumenta el padecimiento. Rauf corre a pedir ayuda y alguien llega con una silla de ruedas.

Por fin alcanzamos la sala de parto. Curiosamente asistí a un parto allí hace nueve meses, cuando Yolanda me invitó a ver nacer a Alexandru. Me encuentro en un estado difícil de definir, en la frontera de la vida, en la alucinación sufriente, el cuerpo entero se está abriendo. Se vuelve puerta. Qué locura. Ya tengo ganas de empujar para entonces. Y empieza la fase más dulce del parto.

He dilatado por completo mientras recorría los pasillos del hospital. Yolanda me señala cómo debo respirar, y me dice que es posible que el dolor se mitigue. Hasta casi desaparecer, susurra, puede desaparecer. Es posible. Afronto algunas contracciones en cuclillas, pero estoy muy cansada. Agotada.

Empiezo a respirar bien. Yolanda me trae una pelota de parto. Me siento encima con los brazos apoyados en la barra de la cama. El cambio en la respiración y la tranquilidad que me da ese espacio íntimo apacigua mi dolor. Intento concentrarme. Las palabras de la matrona sirven de llave. Mayéutica. Ella y Rauf me dan reiki. El dolor se aleja. No desaparece, pero dejo de identificarme con mi cuerpo. Accedo por un momento a otro lugar. Muy sutil, como de seda. Como de ruta de la seda. Muy hondo, colores profundos. Mawlana me regala una flor. Gracias a Dios también por el reiki, sorprendente y mágico. Rauf me acompaña. Me siento completamente unida a él, lo quiero al lado, sabe estar conmigo y además hacerse fluido como sin estar. Lo real nos une. Le entrego mi intimidad. Asistimos a un momento único. Yolanda va y viene. A ratos nos deja solos. Rauf me da reiki y casi me duermo. Me estoy durmiendo. Otra contracción. Respiro despacio. Ya casi no duele. Recuerdo a Patri llegando a Santiago. Mi abuela que murió llegando yo a Santiago. Omar bendito también por el camino.

Entro en un estado casi meditativo. De repente parir se vuelve danzar. Me levanto, bailo lentamente y se abre la pelvis. Tengo sed, Rauf marcha a buscar algo de beber y me descentro de nuevo. Todo lo que me hace atender al afuera me trae otra vez el dolor. Estoy cansada. Siento que no voy a poder parir. Vienen las dudas. Tu cabecita está encajada y no hay marcha atrás. Tampoco adelante. Parir es un acto imposible. En la cabeza no cabe. Si se cuela la mente está claro que ambos vamos a morir. Callejón sin salida. Estás atrapado en mí. Le pregunto a Yolanda si algo va mal. Ella dice que no, el parto va muy bien, todo está a punto de acabar. Pero casi no la creo. Las contracciones son muy fuertes. Parece que eres muy grande. Pero todo va bien. Bien. Bien.

La matrona me pregunta si quiero poner la música que había traído. Había planificado durante días la música que llevar al parto, y casi se me olvida. Rauf le da el dikr de Khairiya que trajeron unas hermanas de Chipre.

Quiero empujar. Me tumbo en la cama y aprieto. Empleo, creo, las últimas fuerzas que me quedan, pero aún no pareces salir. Yolanda me hace tocar tu cabeza. No puedo más. Un poco más cuando ya no puedes más. Un poco más. El Bismillah nos acompaña y me abre. Me da la mano. Concentro todas las fuerzas que me quedan y alguna que no es mía (¿de dónde sale ese último esfuerzo?) para dar el último empujón. Es imposible parir, así que quizá voy a morir.

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