O de lo que no se puede hablar

Muchas veces me he preguntado si habría que callar o intentar decir aquello sobre lo que no hay palabras. Wittgenstein, un filósofo del lenguaje de principios de siglo XX, dijo haber conseguido delimitar (y para siempre) los límites de lo decible y lo indecible, e incluyó a la mística entre aquello sobre lo que es mejor callar.

Estos días en que se acercaba el cumpleaños de Abraham (ayer hizo su primer aniversario) yo intentaba componer a cada rato, para luego trasladar aquí, una carta o una nota de agradecimiento sobre todo lo que su presencia me ha regalado. Hace años me era fácil escribir románticos poemas de amor, cartas elocuentes de agradecimiento a seres queridos, y ahora que una vida más real se ha colado por mis venas (¡¡¡un compañero de camino!!!, ¡¡¡un hijo!!!) me asomo a la expresión de mis sentimientos y no hallo las palabras adecuadas. Las busco (¿dónde están?), pero no están. No están. No hay palabras.

Durante años me peleé intelectualmente con Wittgenstein. Yo creía que todo aquello sobre lo que no se podía hablar merecía al menos una insinuación, un apunte con el dedo, un remitir a ello con el rabillo del ojo para que no se nos olvidara que está. Que es. Pero estos días miro a Abraham y, como decía Alejandro Sanz en una canción que le compuso a su hija, “sólo se me ocurre amarle”. Y es que el amor ni siquiera es eso, ni siquiera se te ocurre, ni me sale o no me sale. El amor también es. Y punto. Es. Tan pegadito a lo real que no me permite tocarlo y mucho menos abarcarlo con palabras.

También me he preguntado muchas veces sobre el enfrentamiento entre iconoclastia e iconodulia. O entre los que rechazan las imágenes por el peligro de que éstas se confundan con lo real y los que defienden su utilidad por pensar que al apuntar a lo real pueden recordárnoslo. Y una vez más la pertinencia sobre escribir o no escribir.

Necesariamente este debate lleva a las raíces mismas de lo humano. A la vez somos y no somos. Fuimos creados para reconocer que el único creador es el creador, pero se nos dio la libertad suficiente por equivocarnos hasta el límite de sentirnos creadores. Ésa es nuestra salvación y también nuestra condena. Somos pura paradoja, pura contradicción. Y aun así, como Ariadna o Penélope, seguimos tejiendo.

Cada tejer es un don. Ayer hablé con Sara sobre esto. Creo que la humildad  está en reconocer que no tenemos nada que decir pero, aun así, saber que nos trajeron al mundo a que habláramos.

Así que sólo se me ocurre daros las gracias, Shihabuddín, Abraham, todos los que nos acompañáis. Y sobre todo Gracias a Dios por haber estrechado, a través de vuestra presencia en mi vida, la distancia entre lo dicho y lo indecible. Os quiero.

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2 respuestas a O de lo que no se puede hablar

  1. Diana dijo:

    como dice Jodorowsky : “No se trata de decir sino de abrir los ojos para ver cada vez más lejos, cada vez más alto.”

    A veces no hay palabras que puedan expresar las cosas…
    Un beso primi

  2. PEPE Y ROSA dijo:

    DA IGUAL SI AL EXPRESARTE VAS CONTRACORRIENTE, SI NO LLEGAS O TE PASAS EN TUS COMENTARIOS, EN LO QUE SIENTES,SÓLO HAY UNA COSA IMPORTANTE, Y ES QUE ERES FELIZ ¿NO ES ASÍ? PUÉS VÍVELO A TOPE .
    FELICES SUEÑOS

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