Foro de espiritualidad de Vigo. El poder del silencio. Educación y meditación.

Nos han invitado a Shihabuddín y a mí a hablar en el Primer foro de espiritualidad de Vigo. El poder del silencio. Educación y meditación. Como nuestra participación no se grabó y hay gente que estaba interesada en ella, voy a intentar transcribir más o menos el contenido de lo que dije para compartirlo con quien pueda querer leerlo.

Vamos allá.

FORO DE ESPIRITUALIDAD DE VIGO. EL PODER DEL SILENCIO. EDUCACIÓN Y MEDITACIÓN.
Buenos días, salam aleykum. Que la paz sea con vosotros. Gracias por venir.

Los organizadores de este evento han estado guiados por una intención. ¿Habéis pensado qué intención os trae aquí? ¿Qué intención más allá de vuestra intención consciente? El sufismo es la ciencia de la purificación de la intención. ¿Por qué me subo al coche con mi marido y mis cuatro hijos y recorro en una tarde 600 kilómetros? ¿Para qué?

Santa Teresa decía que “se da más de lo que se pide si acertamos a desear”. Esta frase es bellísima. Y significa algo así como: de lo que se trata es de poner nuestra intención en consonancia con lo divino, con lo real; llegar a pedir aquello que en el fondo Dios quiere para nosotros. Armonizar nuestra voluntad con la voluntad de los Cielos. Cuando eso ocurre, nos ponemos en el camino correcto. Cuando eso ocurre, Dios nos dará mucho más de lo que somos capaces de pedir. Es decir, la respuesta trascenderá siempre la pregunta. Masallah.

Vamos a hacer un esfuerzo por afinar nuestra intención y por clarificar qué es lo que nos trae aquí.

Cuando atravesábamos en coche la ciudad de Vigo ayer por la noche, nos dimos cuenta de que era una población urbanísticamente muy compleja, confusa. Está hecha como a fragmentos, da la sensación de que no se encuentra el centro nunca, y es realmente difícil dar con el mar. Un repecho, un valle, otro repecho, otro valle. Parece como si la ciudad hubiese crecido más de lo que su naturaleza pedía. Y me pareció que esto era una señal para hablar de la confusión en la que vivimos la mayoría de los seres humanos modernos y de la necesidad que tenemos de claridad. Porque en realidad, todos anhelamos ver el mar.

Pido conexión con mi maestro, Mawlana Sheij Mehmet. Pido que traiga a mi corazón algo que merezca la pena ser dicho. Si viene, se lo deberemos solo a él. Si no viene nada valioso, entonces será que no fui capaz de conectar bien. BRR.

El místico es la persona capaz de poner a danzar los términos opuestos hasta comprender de corazón que estos también son uno. Como nada sucede por casualidad, vamos a tomar las cinco palabras con las que los organizadores han anunciado esta jornada y a hacerlas danzar a ver si de sus sugerencias surge algo bello. Espiritualidad, poder, silencio, educación y meditación. Cinco palabras evocadoras, que pueden velar y también revelar, porque la palabra, como el símbolo, tiene esta doble naturaleza. Si Dios quiere.

ESPIRITUALIDAD
Mucha gente habla de espiritualidad hoy en día. Pero a la vez no es fácil definirla. Podríamos hablar de ella como la capacidad de saborear lo absoluto; la disposición para ver lo eterno en los sucesos del tiempo; para ver en el agua que fluye, el manantial del que procede; para intuir el destino en los hechos que parecen azarosos, para captar en el dolor la misericordia de Dios, para ver en la Creación al creador, y en la materia el espíritu. Para extraer el sentido de lo que nos sucede. La espiritualidad es la conciencia de coincidencia de los contrarios, y la persona espiritual es aquella cuyo corazón se siente en paz con la paradoja porque la ha trascendido, ha saboreado la unidad y su vida es peregrinación hacia el Amor, con mayúsculas.

Solo por lo espiritual merece realmente la pena vivir. Solo para ponerse al servicio de esta aventura.

PODER
Parece que hoy en día nos cuesta hablar del poder cuando estamos inmersos en un camino espiritual. Asociamos el poder con lo mundano, y lo rechazamos. El poder es visto casi siempre como negativo. ¿Por qué?

La Modernidad nace con la ruptura del principio de autoridad que significó la Revolución Francesa. Cuando estudié Historia, mi objetivo fundamental era desentrañar el significado de esta época. Un día lo comprendí. El acto simbólico con el que nació la Modernidad fue el aguillotinamiento del rey francés, Luis XVI, y su esposa María Antonieta. Cada hecho histórico es también símbolo. Cortar la cabeza al rey significaba desmembrar el cuerpo quitándole su parte más alta e importante, la cabeza; pero a la vez se estaba rompiendo con la noción de jerarquía mundana, con el poder temporal; y aún más. Esto era metáfora de la ruptura con el principio de autoridad divina. No digo yo que no estuviera en el plan de Dios, claro que lo estaba, porque en la voluntad divina también está el hecho de que el ser humano lleve al límite su separación del origen, para hacer lo más elástica posible su condición. Y tampoco quiero decir con esto que los poderosos no se hubieran vuelto hipócritas o tiránicos y que para ellos la caída de la monarquía no fuera también castigo divino. Pero reconozcamos lo que significó la Revolución Francesa en lo más profundo: no otra cosa que dejar de respetar la verticalidad con la que se organiza lo real. Romper con el principio de autoridad estaba anunciando, necesariamente, que íbamos a olvidarnos de Dios, que íbamos, en el fondo, a desautorizar también a los padres y a los profesores.

Y si no se respeta el orden o jerarquía natural de las cosas, acaba triunfando el caos.

El acto violento que funda la Modernidad es también el triunfo del espíritu crítico o el rechazo de la tradición, en aras del sueño progresista. Todo irá mejor mañana. Es decir, los padres no tenemos en el fondo nada bueno que darles a los hijos.

Octavio Paz analizó muy bien la Modernidad en un pequeño ensayo que tituló Los hijos del limo. Decía en él que la Modernidad era la tradición de la ruptura. Nada podía fijarse porque, como el principio fundador era la crítica o la revolución, en cuanto algo se establecía, había que romperlo. Tradición de la destrucción, dijo Octavio Paz. Ningún principio podía venir para quedarse. Nada podía ser estable. Había que desconfiar de todo. De ahí al triunfo del caos y la violencia hay un paso. De ahí al nihilismo y la desorientación, un salto.

Cuando estuvimos el verano pasado en la Alhambra, vimos en sus paredes, una y otra vez, una inscripción en árabe que significa algo así como “No hay victoria sino en Dios”. Los nazaríes sabían que antes o después perderían lo que quedaba de Al-Ándalus. Pero en el reconocimiento de la futura derrota había para ellos una esperanza. En lo político podían ser derrotados, claro que sí. Pero esa derrota no anunciaba una gran Derrota. Recuperemos la palabra poder en positivo. Dios es el que todo lo puede para el creyente. El poder real le pertenece a él, y eso es un signo para la esperanza. Da igual que nos queramos negar a verlo, que corramos mil velos y cambiemos de tema. Da igual. Porque que la victoria en último extremo pertenece a Dios no quiere decir otra cosa que a pesar de todo engaño o autoengaño, la verdad vencerá; y no quiere decir otra cosa que a pesar del dolor, el amor vencerá. Y no quiere decir otra cosa que hay un sentido misericordioso detrás de cada hecho que nos causa sufrimiento. Y que la verdad siempre vence nos da una esperanza que llena toda la vida. Y que el mal no triunfará nos llena de alegría. Ese es el verdadero reconocimiento del poder de Dios. Esa es la fe. Ser capaz de colocar cada cosa en su sitio. Darle a cada cosa su lugar.

Y al colocar las cosas en su sitio, podremos reconocernos también como padres sin sentir culpa de serlo y descansar. Vivir a favor de corriente. Caminar hacia esa dicha que no se acaba nunca. En árabe se dice: Luz sobre luz.

SILENCIO
La palabra poder viene acompañada de un complemento del nombre que se liga a él. No es solo del poder de lo que hablamos, sino del “poder del silencio”. Con este sintagma invertimos la concepción que solemos tener del poder. De alguna manera nos hemos acostumbrado a creer que el que tiene el poder es el que habla más alto, o el que dice siempre la última palabra. Ligamos el poder mundano al ruido. Nos parece que el poder es el imperio que toma por la fuerza territorios que no le corresponden. En la Alhambra ese poder se ve muy bien en el enorme palacio lleno de aristas que el emperador Carlos V mandó construir en medio de la delicada y humilde (y armonizada con el agua y la naturaleza) ciudadela granadina. Es curioso que luego el emperador se fuera a morir al Monasterio de Yuste, un lugar pequeño, propicio para la oración, en medio de un paisaje lleno de agua donde todo crece bien, como en los alrededores de Granada, y tan parecido en su condición a la Alhambra.

Sin embargo, el sintagma “poder del silencio” nos anuncia una inversión de esa noción del poder. “Los últimos serán los primeros en el Reino de los Cielos”, dijo Jesús en el Evangelio. El poder del silencio quiere decir el poder del no poder, el poder de quien no quiere ejercerlo, el poder (como la libertad) de quien ha llegado a la estación de la no pretensión. Alcanzar la no pretensión es aliarse con la voluntad divina, y entonces se llega al poder de quien lo ejerce porque tiene el Amor; el poder como servicio; el poder del silencio es de nuevo el poder de la esperanza.

Y vamos al silencio, a secas. Pablo d’Ors habla de silenciamiento, como el fin de la meditación. ¿Qué entienden los sufíes por silenciamiento? Silencio sería el acallamiento del ego, silencio sería, como dice nuestro maestro Mawlana Sheij Nazim, convertirnos en un 0. Él siempre decía que su escuela es una escuela de ceros. Llegar a no ser nada, a no pretender nada, a abajarse completamente para sumergirse en el ser, para ser. Un cero a la izquierda, dice, no sirve efectivamente para nada. Pero un montón de ceros a la derecha del 1, esto es, puestos al servicio de la unidad, conectados con Dios, lo llenan todo de valor. Ese es el punto. Ese es el objetivo.

Silenciarnos para ser. Callarnos para vaciarnos y volvernos copa por la que entre lo divino. Porque a medida que el ego se calla, el corazón se limpia lo suficiente como para volverse espejo de Dios. Templo. Copa para que el Amor y la Verdad viertan en ella su elixir.

El silencio no importa por sí mismo, sino que anuncia otra cosa. El silencio desvela para revelar. Eso es también la humildad, aprender a ocupar, ya lo dijo Santa Teresa, el lugar exacto que nos corresponde en relación a Dios. Todos los profetas han tenido que vaciarse, silenciarse, para acoger la revelación. El profeta Muhammad, por ejemplo, era analfabeto. Analfabeto, huérfano y pobre. Esto es muy interesante. Era analfabeto, estaba silenciado, incapacitado para leer. Y por ello el ángel Gabriel llegó hasta él mientras meditaba y lo primero que le dijo fue: lee. No sabía leer, y gracias a eso pudo hacerlo. Estaba silenciado, y entonces la revelación lo atravesó. Por eso es también más importante aprender que la vida tiene sentido que aprender a leer.

María es otro gran ejemplo. Su útero estaba tan vacío, su receptividad era tal, que la ruh de Allah, el espíritu, fecundó su vientre. Porque estaba vacía, se llenó de la verdad.

La vida de los profetas sigue este camino. En la biografía de los santos se puede ver casi siempre un momento de silenciamiento necesario. Cada uno de una forma, acaban por llegar a una especie de callejón sin salida en sus vidas. La realidad los acorrala completamente. Qué significa eso. Hay una paradojización de su existencia, que amenaza con romperles. Los koan japoneses funcionan así. Conducen a la mente hacia un lugar en la que esta ya no puede operar. La paradoja pliega la existencia y genera una brecha. Y tras el silenciamiento, se unen los contrarios y entonces por la brecha se cuela Dios. Dios es la luz que entra por la brecha que abre la paradoja. Por eso casi siempre las emergencias espirituales se producen después de crisis muy profundas. Una enfermedad, la muerte de un ser querido, una ruptura emocional. Porque cuando no encontramos la salida, somos capaces de enmudecer. Y porque ese enmudecimiento es humildad y es vaciamiento de la copa, condición indispensable para que algo nuevo y verdadero entre en nuestro corazón. En el sufismo se dice que un corazón roto es un corazón abierto.

Vamos con Abraham. Abraham quería un hijo, y Sara no había podido tener hijos y ya era muy mayor para quedar embarazada. El hijo no iba a llegar, pero Dios se lo prometió. Le prometió el hijo, un milagro, en realidad, y Abraham lo creyó y llegó el hijo. Pero entonces Dios pidió su sacrificio. ¿Es que Dios quería que muriera el hjo de Abraham? ¿Esa era su voluntad? No lo era. Dios quería comprobar simplemente si el amor de Abraham por el hijo era mayor que su Amor a Dios. Esto es: si había convertido al hijo en un ídolo o si lo amaba por amor a Dios. Y Abraham superó la prueba y su hijo sobrevivió.

Amar a los hijos por amor a Dios. Esa fue la enseñanza. Y esta historia nos abre a la siguiente palabra.

EDUCACIÓN
Cómo educar para la espiritualidad y cómo educar en el silencio. Cómo se hace.

La educación implica un proceso, un camino, vivir la vida como una aventura hermenéutica, reconocer que el ser humano es un homo viator, un peregrino que ha de hacer un recorrido, con un origen y un destino, y con una misión. El camino de comprender que el poder está en Dios y abrirnos a lo espiritual o conectar nuestro corazón con la unidad. Con los cielos.

Para ello, hemos de hablar de qué es el ser humano. Todos somos, en potencia, divinos o demoníacos. Las dos tendencias laten dentro de nosotros. El niño nace en fitra, en su naturaleza original, esto es, en conciencia del absoluto, sumergido, fundido, disuelto en el mar del ser, en el mar de la unidad. Está puro. Cuando uno deja de ser bebé, empieza la separación o el olvido. Un olvido necesario para formarnos, un olvido que es condición para el recuerdo, como la oscuridad lo es para el reconocimiento de la luz. Uno crece y se va olvidando paulatinamente, a los siete años se le caen los dientes de leche, y a los 12 o 14 se produce el momento de mayor separación, la adolescencia, la rebeldía. Una separación que nos lleva a la madurez, un olvido que debe anunciar un recuerdo. Para que la libertad tome su lugar.

Somos demoníacos o divinos en potencia porque tenemos un ego (que nos separa) y un corazón (que nos lleva a la unidad). El camino sufí es muy claro a este respecto: de lo que se trata es de ayudar a que el ego se acalle para que el corazón se limpie, que el ego enmudezca para que pueda expresarse el corazón.

¿Y cómo se hace eso?

La educación implica una relación. Implica un dos. Hay un profesor y un alumno, unos padres y un hijo, un maestro y un discípulo. Pero la relación implica también un uno, porque el profesor le da la mano al alumno, el padre lleva de la mano al hijo, el maestro al discípulo.

Educar es un trabajo de orfebrería, y de lo que se trata es de equilibrar armónicamente dos principios básicos: la autoridad y el amor. El primero es sobre todo vertical, el segundo horizontal.

La autoridad implica reconocer que cada cosa tiene su sitio y requiere que el padre o el educador hayan llegado a un lugar más profundo (o más elevado) del lugar en el que está el chico. Educar no es enseñar las ecuaciones o el sintagma nominal, sino ser puente a esa realidad más amplia o más bella. Si el adulto no tiene el corazón bien colocado, no le servirá de puente al niño, sino de obstáculo. Porque el niño capta, como dice Sheij Omar Margerit, perfectamente, y para esto da igual su cociente intelectual o si hace en el cole o no los deberes, dónde tiene el padre puesto el corazón.

La clave aquí, obligación para el padre y derecho para el hijo, sería la de que el padre o el educador se comprometan con algo verdadero. Somos ejemplos lo queramos o no; si estamos totalmente perdidos, no tendremos nada bueno que dar. Conozco a muchas personas hoy en día que renuncian a la maternidad-paternidad no por egoísmo, no para viajar más o irse de copas, sino porque saben perfectamente que no tienen nada bueno que darles a sus hijos y la responsabilidad se les vuelve entonces insoportable, una carga demasiado grande. Si hemos puesto el corazón en algo que no lo merece, en algo perecedero, en cosas sin importancia, en el fútbol, las series de televisión, el dinero o el poder, entonces no tendremos nada para dar. Y los hijos solo recibirán veneno.

Así que lo primero para ejercer la autoridad adecuadamente es tener colocado el corazón en su sitio. Llevar una vida lo más ejemplar posible, lo más realista posible, o al menos lo más sincera posible, sabiendo reconocer otros modelos, no ocultando la verdad. ¿Cuál es la señal de una vida ejemplar o verdadera? Una vida verdadera es una vida unificada, donde no hay trampa ni cartón. Hay señales de vidas verdaderas en los profetas, porque conectaron su voluntad con la de los cielos, señales de vidas verdaderas en los santos. Hay flechas amarillas para vivir en la tradición. Incluso si nuestra vida no está bien, podemos apuntar a las vidas de estas otras personas que sí se pusieron al servicio de la verdad y el amor. Yo he conocido una persona unificada viva: mi maestro.

Si llevamos una vida ejemplar, viviremos nuestra posición de autoridad sin culpas, porque habremos colocado cada cosa en su sitio. Y nuestra autoridad danzará con nuestro amor porque hemos saboreado la unidad y sabemos que ambos principios nacen a la vez del mismo sitio. Si el niño es divino o demoníaco en potencia es porque tiene un ego y tiene un corazón. La educación consiste en limitar el ego para que pueda expresarse el corazón; cerrarle con la autoridad las puertas a uno para abrirle con amor la muralla al otro. Es un entrenamiento a vida o muerte. Requiere que el adulto esté siempre atento y entregado a su labor; pide atención casi constante, al menos al principio. Es un trabajo de orfebre, de artesano, porque no puede estar sometido a teorías. La teoría es ideología, y no deja que se cuele lo real. Cada situación concreta requiere una decisión concreta, y quien ha saboreado la unidad sabrá verla.

Esto es a la vez metáfora de dos cualidades de lo divino: tenemos que equilibrar la conciencia de la justicia de Dios con la de su misericordia. Pedir perdón por temor a él y llenarnos de la esperanza que implica su amor. Sentirnos culpables, responsables, y a la vez inocentes, completamente libres. Y transmitirles eso a los niños.

El amor y la autoridad son indisociables. Si la autoridad no nace del amor, agrederemos a nuestros hijos. Si hay amor sin autoridad, no hay verdadero amor, porque estaremos haciéndoles un mal, así que también será agresión. Una educación en la que se le dice al ego del niño siempre que sí es agresión.

Aunque lo primero es el amor. Por eso el Corán se resume en Bismillah irrahman irrahim, o el reconocimiento de la Misericordia y la Compasión de Dios en el origen de todas las cosas.

¿Y qué es amor de calidad? ¿Qué es amar realmente a los hijos? ¿Cómo ejerceremos la responsabilidad precisa? El amor de verdad implica a la vez apego (sobre todo al principio) y desapego (sobre todo cuando crecen). Implica generosidad. Implica abrazarlos cuando es necesario para luego dejarlos ir, desvincularnos de su destino, reconocer su individualidad, quererlos por amor a Dios. Liberarlos de nuestros propios nudos psicogenealógicos. Amarlos de verdad es mirarlos de verdad, profundamente, sin pretensiones. Amarlos de verdad es en realidad superar la prueba que tuvo Abraham.

Hoy en día la gente se cree libre. Pero está presa de la posición que la familia, la psicogenealogía, le asignó, o de sus instintos más animales. Es paradójico, pero es así: liberarse de la psicogenealogía requiere de una tradición que trasciende la familia porque limita sus errores. El padre y la madre que amen de verdad, educarán a los hijos en la transmisión de una tradición, ese es un tesoro. Entonces el padre y la madre se vuelven regalo.

Y MEDITACIÓN
Cómo accedemos al silencio y lo espiritual. Qué técnicas podemos emplear para educar en lo espiritual.

La cotidianidad completa puede ser meditación o motivo de dispersión. La clave es tener una vida unificada, o estar en el camino de unificarla. Yo busqué el ejemplo de una persona que vivía de verdad y estaba conectada además, en una cadena sagrada, con el profeta Muhammad. Por así decirlo, una persona capaz de vivificar la tradición, de ver el silencio en la palabra, de superar todo formalismo o literalismo. También me gusta contarles a mis hijos relatos de profetas, historias de los Libros Sagrados, que les lleven a ejemplos de vidas de verdad.

En cuanto a técnicas más concretas, son necesarias en la medida en que los niños empiezan a olvidar. Cuando son pequeños y aún bastante inconscientes, no se les puede poner a rezar o meditar. Yo he visto en Chipre lo que hacen con los niños. Cuando se acercan al lugar de la oración o al maqam, tumba, de nuestro maestro, la hija de Mawlana les regala caramelos. Es una manera bonita y ajustada a sus edades de que guarden un recuerdo dulce del lugar donde se reza y su corazón se predisponga naturalmente a la oración cuando empiecen a olvidar.

La oración o meditación se hacen necesarias en la medida en que se olvida, en la medida en que se vuelve necesario el recuerdo. En la medida en que perdemos nuestra naturaleza original o en que empezamos a compartimentar nuestros tiempos y nuestros espacios.

Por lo demás, hemos de vivir con naturalidad lo espiritual con ellos. A veces les pongo a mis hijos música de dikr o canciones hermosas y se ponen a girar espontáneamente, como pequeños derviches, porque para ellos es un juego. Una meditación en el silencio es complicada en niños pequeños, pero sí se puede mitigar la presencia de ruido en sus vidas, limitar el tiempo delante de las pantallas, acercarlos a la naturaleza que es la gran metáfora, abrazar el aburrimiento, enseñarles la generosidad, escucharlos de verdad y hablarles sinceramente.

Hay una práctica que me parece muy realista para niños: el camino de Santiago. La peregrinación es accesible, se relaciona fácilmente con el punto en el que están, es dinámica, física y divertida. Y les enseña una metáfora de la vida, porque les ancla al presente y les da a la vez un destino, siempre trascendente. Les enseña una dirección (la flecha amarilla es una tradición) y así les limita el ego y a la vez les libera de perder tiempo buscando hacia dónde, lo que les abre a sí. Les enseña el valor del esfuerzo, y les da realismo porque aprenden lo que significa cubrir a pie un kilómetro. Les ayuda a enraizarse (por poner los pies en el suelo) para poder subir hacia el cielo. Les entrena el cuerpo para conectarlos con el espíritu, les afianza en el encuentro de lo importante por mostrarles una vía con claridad y sencillez. Les abre puertas, les proporciona la posibilidad de unir contrarios participando en una especie de aventura épica.

Y poco más. La danza de las cinco palabras (espiritualidad, poder, silencio, educación, meditación) está llegando a su fin. Ojalá haya sido expresada con sinceridad suficiente como para que el silencio final deje alguna huella. Gracias.

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El pan bajo el brazo

De nuevo la vida se vuelve tan intensa que imposibilita la escritura. Tal vez por eso muchos de los grandes profetas y maestros nunca escribieron. Estaban tan en la vida que no les quedaba tiempo para parar.

Llevo días con un texto de interpretación de lo vivido en la punta de la lengua. Hoy me pongo el portabebés y subo a Moisés en él para colocar el ordenador encima de la chimenea y escribir de pie mientras danzo con las caderas. Moisés duerme plácido. Pegado al latido de mi corazón. Acompasándonos.

Los meses antes del parto fueron agotadores. Mi cuerpo soportaba a duras penas el trabajo en el instituto. Los encuentros sufíes una vez al mes me daban aire para respirar. Mi abuela Asun murió justo el domingo de Resurrección, cuando despertaba la primavera. Tuve poco tiempo para decirle adiós. Reconocí durante semanas su fortaleza en mí; repasé los recuerdos de mi infancia, las bellísimas tardes de aventura en la Emisora de Arganda, la acequia discurriendo, el almendro de su patio, los tomates y pimientos buenos, el columpio que construyó mi abuelo, esa escuela abandonada y fantasmagórica, la paella en la lumbre y los caracoles después de la lluvia. Soñé que buscaba una casa al lado de un manantial. Y me importaba más el manantial que la casa.

Sheij Omar nos dijo que las cosas que no resolvemos en vida se van resolviendo tras nuestra muerte gracias a las oraciones de nuestros seres queridos. Gracias a Dios despedimos a mi abuela rezando en familia; un cura depositó un rosario en su pecho; todos sus seres queridos juntos.

Luego me di de baja en el instituto, despedí a mis alumnos y de alguna manera empecé a parir. Eso fue el 9 de mayo. Me dediqué el mes siguiente a acompañar con Fátima a Omar y Abraham al cole, a recogerlos al final de la mañana esperando volver a ver su rostro, a preparar comida bendita, a prepararme para el nacimiento de Nuria o Moisés. A Omar le sentaron muy bien esas semanas, junto con la vuelta de su dulcísima profe después de meses de baja. Fátima le agarraba la mano a su hermano cuando Omar se marchaba a clase para entrar con él.

Después llegó el Ramadán. Lo recibí con ganas de ver nacer a mi hijo en un mes tan bendito y con nostalgia profunda de no poder ayunar. Sobre todo al atardecer, cuando los pájaros se asoman a la belleza del ocaso y lo acompañan cantando con ese amor que solo tiene quien está entregado ya antes de haber nacido.

julioUna mañana empecé a partirme en dos, las contracciones se hicieron más intensas, y nos marchamos rápido al hospital porque Nuria o Moisés ya llegaba. Fue un parto fácil y rápido, gracias a Dios. Moisés fue más pequeño de lo que esperaba. El amor volvió a inundarlo todo. La vida se volvió más animal y a la vez más espiritual de repente. Escuchábamos el “Marhaba Mawlana” en el paritorio. Era 4 de junio. Pentecostés y Ramadán. Alhamdulillah.

¿Y luego qué? En el hospital, un poco de descanso y muchas visitas de gente querida. En casa, los primeros días, emociones intensas y unos cuantos adioses. Falleció la madre de Juanjo, y mi querida Ruth, Saliha, que me ayudó a decirle adiós a Mumtás acompañándonos hace casi siete años, entró de repente en coma por fallo de su corazón trasplantado. Moisés llegaba y otros se iban. Durante una semana me ayudó mi pequeño a rezar por Ruth. La mantuvieron artificialmente con vida enganchada a un corazón eléctrico. La había visto por última vez justo cuando me enteré de que estaba embarazada de Moisés, y cuando el pequeño nació le envié una foto y ella respondió: Mardi, te quiero mucho. Eso fue lo último que me dijo. Fue su amor quien me despidió.

Los médicos tomaron la decisión de desconectarla y mi querida Ruth falleció en Ramadán, trayendo mucho amor a las personas que la queríamos, y rodeada de nuestras oraciones y de la bendición del maestro. Moisés tenía dos semanas.

Ahora acabamos la cuarentena y empiezo a comprender. Moisés es el cuarto, pero todo ha sido hasta ahora más fácil de lo que habría imaginado. Ahí está todo problema: en la imaginación. Si imaginas cómo saldrás adelante cada día con cuatro pequeñines. Cómo harás para cocinar, limpiar, estar atenta a ellos, acompañarles en sus juegos, dedicarles el ratito que necesitan para adaptarse también a la nueva situación, para dormir, compartir momentos con tu pareja y volver el rostro a Dios, si lo imaginas, entonces todo se te vuelve imposible. Mucha gente planifica sus vidas y dice: más de dos hijos no se puede.

Pero eso es la imaginación. La realidad (y de eso se trata nuestro camino, de aprehenderla y saborearla), va por otro sitio. El milagro se abre solo para el realista. Y se vuelve cotidiano. Si me dejo de planificaciones y me abandono al presente, y me entrego feliz a lo que tenga que ser, entonces tener cuatro hijos no da más trabajo que tener tres o dos o uno, porque el trabajo en realidad no lo hago yo, sino que lo hace otro. Me entrego con amor a lo que hay, a lo que es, y, de verdad, cuatro no son más que tres. El corazón no ha de dividirse, sino que se multiplica. El tiempo se expande y surge un espacio (ahí está el milagro) para aprender árabe o para nadar un rato en la piscina. Incluso puedo escribir a la vez que acuno a Moisés, escribir con su cabecita pegada a mi corazón, escribir mientras le doy todo lo que soy, nutrirme de su silencio para generar esta palabra mientras él se nutre de mi pecho.

Hacía tiempo que no me sentía con tanta energía como estos días. Comprendo ya que la maternidad es un camino, un modo de peregrinar hacia el Amor, y que viviendo en el estado preciso da igual dos que tres que ocho o que diez. Le doy por entenderlo gracias a Dios.

En todas las tradiciones se dice, de algún modo, que cada hijo viene con un pan bajo el brazo. Literalmente esa frase nos indica que cada hijo tiene asignada al nacer ya su provisión. No somos los padres los que tenemos que encargarnos de ella, aunque a la vez sí. Le llegará a nuestro través, pero viniendo de otro. Y nosotros solo tenemos que ponernos al servicio de ese otro. Buscar el reino de Dios para que él nos vista como a los lirios del campo.

Pero el pan debajo del brazo (¡hemos empezado a preparar pan casero!), habla también de otro pan. El pan bajo el brazo no es solo material. Por lo que he aprendido de mis cuatro experiencias, cada hijo nos abre también a una nueva frecuencia de la realidad. Es como si en la radio, además de la AM y la FM, de repente surgiera una nueva. El pan también es espiritual. Un regalo del cielo, un regalo eterno.

Moisés ha llegado en Ramadán y de repente me he puesto a estudiar árabe. Moisés es hijo de los encuentros sufíes (hemos realizado uno al mes durante toda mi gestación) y me habla todo el tiempo del encuentro. Ruth se marchó cuando él nació y era una hermana del alma y nos reunió para que oráramos por ella. Moisés me llama también a la introversión. Invoca al secreto. Me asoma al silencio.

Quiero dar las gracias a todas las personas que nos acompañan, cada día, dándonos siempre lo mejor de sí. Ojalá pueda amaros por amor a Dios.

julio

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Tu nacimiento y el Ramadán

Sigo a la espera. Se anuncia tu llegada a la vez que se anuncia la del Ramadán, ese mes en que todo se vuelve nuevo. Ese mes en el que nada importa nada salvo lo que de verdad importa.

Si Dios quiere y llegas pronto, vendrás con él y así nacerás cuando las fuerzas angélicas están más presentes y la vida es dulce y el sentido penetra en los sabores, olores y emociones. No podré ayunar y tampoco sé hasta qué punto realizaré las prácticas prescritas, pero sé que sí ayunaré, si Dios quiere, gracias a ti: ayunaré de sueño, porque vendrás a quitarle a las noches la autocomplacencia; ayunaré, si Dios quiere, de odios y miserias, porque tu nacimiento, como el de tus hermanos, llenará mi corazón de amor; ayunaré, si Dios quiere, de decir palabras que sobran, porque mi atención no estará puesta en lo que me saca de mí sino en lo que me entrega a ti, esencial y puro/a, regalo del cielo; ayunaré, si Dios quiere, de extroversión, porque te insinúas y siento que vienes para meterme dentro, vienes para cultivar mi hogar, vienes para intimar conmigo y regalarme un espacio de silencio, privacidad y misterio; sancta sanctorum, secreto escondido detrás de una cortina de seda; ayunaré, si Dios quiere, de todo lo superfluo, porque tú solo sabrás de lo esencial.

El Ramadán se acerca y con él tú te acercas. Aún no sé si eres niño o niña. Mi abuela Asun falleció hace un mes. Te has gestado durante los encuentros sufíes que hemos realizado en casa, y siento que eres hijo/a de ellos. Sheij Omar nos recitó parte de la sura Nur (de la luz) un día, y nos tradujo un fragmento que está como pegado a ti y que se ha quedado grabado en mí:

“Allah es la luz de los cielos y la tierra. Su luz es como una hornacina en la que hay una lámpara; la lámpara está dentro de un vidrio y el vidrio es como un astro radiante. Se enciende gracias a un árbol bendito, un olivo que no es ni oriental ni occidental, cuyo aceite casi alumbra sin que lo toque el fuego. Luz sobre luz. Allah guía hacia Su luz a quien quiere. Allah llama la atención de los hombres con ejemplos y Allah conoce todas las cosas.
En casas que Allah ha permitido que se levanten y se recuerde en ellas Su nombre y en las que Le glorifican mañana y tarde.
Hombres a los que ni el negocio ni el comercio les distrae del recuerdo de Allah, de establecer el salat y de entregar el zakat. Temen un día en el que los corazones y la vista sean puestos del revés” (24-34/37).

¿Traerás esa luz contigo? ¿Vendrás, como vinieron tus hermanos, a revolucionar completamente mi vida? ¿Llegarás con tu esencia única, tu camino propio, a abrir una ventana nueva dentro de mi corazón?

Ya te quiero y en el horizonte se dibuja tu rostro aún incierto. Alguien abre la puerta. Es de noche, pero se vislumbra al fondo una luz.

Insallah.

Chipre jazmín

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Mawlana Sheij Nazim

 

Mawlana Sheij Nazim La muerte se anunciaba y no lo supe ver. Se anunció con una serie de televisión sobre muertes que vimos durante algunos meses. Se anunció con la agonía y el fallecimiento de mi abuelo. Estaba en el aire, la anunciaban los astros. Pero nunca sabemos hasta dónde.

Mawlana acaba de fallecer. Mi maestro. La persona que puso patas arriba toda mi vida. El único hombre al que he visto como fiel reflejo (materializado, encarnado, concreto) de lo divino. La persona más sabia y amorosa que me ha hablado. Me rescató de la tormenta y me puso rumbo a aguas de paz. Nadie me ha mirado como él. Nadie puede amar tanto. Él no era una persona, sino una bendición. Puso su saliva en los labios de Abraham. Me enseñó (me estaba enseñando, me está enseñando) a vivir. Mi brújula hacia mí misma. Mi camino de Santiago. El eje de mi vida y de la de mi marido y de la de nuestra familia.

Acaba de traspasar el umbral. Ahora mismo. Justo ahora. Un miércoles cualquiera, mientras daba clases, sin que nada cambiara al parecer alrededor. Llegó su hora cumbre. Sus bodas con el Amado. Su adiós a lo material. Su abrazo con el misterio.

Cuando murió mi abuelo reflexioné sobre el hecho de que la vida es un sueño; un suspiro que solo tiene sentido por cada acto de corazón, por cada resonancia con lo eterno que podamos habitar. Ahora que muere mi abuelo espiritual, mi padre espiritual, el faro que ilumina el viaje de mi corazón a Dios, más bien siento que es la muerte la que es ilusoria. Él pasa de uno a otro lado sin que suceda apenas nada; un miércoles de mayo, mientras doy clase. La terrible catarsis que supone su pérdida está solo en nuestra imaginación, es solo una alucinación. Él seguirá trabajando, tal vez aún con más fuerza, en el bruñido de nuestros corazones. Seguirá presente porque ya estaba presente de un modo no material. Había muerto antes de morir, ¿qué puede traer de nuevo su adiós? Ya estaba entregado a Dios, ya era conciencia pura viajando como el aire, estaba en cada flor donde se posa una abeja, en cada uno de los sueños en los que se asomaba, en el color del alba, en cada gota de lluvia. Estaba en el sabor verdadero de cada cosa. En la belleza de la música. Estaba. Está. Está.

Mi alma se emociona y es de puro agradecimiento. Eso sí. Le agradezco a Dios haberlo conocido vivo como pocas cosas he agradecido nunca. Mirarle a los ojos fue mi punto de inflexión. Mi conversión fue un don de su mirada. Saber que existía en el mundo, en este mundo, un ser como él lo cambió todo. Desde aquel día cambió todo. Nunca me ha atraído tanto una vida. Pura, sencilla, verdadera, realista hasta la raíz, entregada al amor en cada segundo, conectada con Dios en cada latido. Sin trampa ni cartón. Esperabas para verle y te metían en un salón donde sus nietos veían una película. Allah… Allah… Allah… susurraba su respiración.

Quien no cree en que haya maestros es porque no tuvo la bendición de conocerle. Y yo sí. Me siento tan dichosa y a la vez tan avergonzada de no estar a la altura.

Mis ojos se nublan de lágrimas y mi garganta traga saliva hecha de mis recuerdos. Gracias por el día en que me miraste con un amor que nadie me había dado jamás, tomándote más en serio mi vida que yo. Gracias por sanar mi corazón cuando estaba roto, poniéndole miel a cada brecha. Gracias por enseñarme el sentido, por regalarme un nombre que me trajo la satisfacción de Dios, por dejarme oler las flores de tu jardín, por abrirme a mí como a una flor, comer tu sopa, dormir en tu casa, ser tu huésped durante dos meses, y encima después darme las gracias y pedirme que volviera, por favor. Como si mi visita fuera lo mejor que te había sucedido en la vida. Como si el turrón que te regalaban fuera un bocado del paraíso. Gracias por haberme recogido perdida del bosque y haberme llevado al camino de una vida verdadera. Gracias por haber juntado mi mano (y mi cuerpo, y mi corazón) con el de un hombre que anhelaba justo lo mismo que yo. Gracias por bendecir a mis padres, a mis suegros, a mis hermanas, a mis abuelos, a toda mi familia, llevando hacia la luz, incluso si no lo saben aún, a sus vidas. Gracias por poner a Mumtás en el regazo de Hajj Amina y por poner tu saliva en los labios de Abraham. Gracias por el día en que lanzaste un caramelo y cayó justo en nuestra mano. Gracias por escucharnos mientras cantábamos como si no sucediera otra cosa en toda la faz de la tierra. Gracias por presentarte en mis sueños e invitarme a ir a Chipre embarazada de Omar. Y gracias por esta semilla que crece ahora en mi vientre y para la que serás, si Dios quiere, un maestro inmaterial, de biografía mítica, inmenso, revivido por la memoria de sus padres.

Pero sobre todo gracias por lo que no ha acabado; gracias por lo que significas; gracias porque estás. Gracias por ser. Gracias a Dios por ti. Yo no sé muy bien qué estará sucediendo ahora en los cielos. El misterio se me presenta como un océano infinito en profundidad y longitud. Pero puedo vislumbrar que en realidad nada ha cambiado, y que si algo lo ha hecho es para mayor beatitud e intensidad de tu presencia espiritual.

Enséñame a amarte mejor, Mawlana. Enséñame a centrar mi vida y volverla servicio a Dios. Enséñame a trabajar solo en lo importante, a amar con más verdad a mi familia y mis hermanos, a orar con intensidad y atención, a no perder la luz del faro, a estar presente, saborear la belleza, hacer sopa bendita y escribir con el corazón. Enséñame a ser buena aprendiz. Enséñame a abrirte la puerta para que pases a mi hogar, te descalces, y puedas abrazarme cada día de mi vida.

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Abuelo…

Amanece el primer día sin ti y Dios envía nieve como por intercesión tuya; como si hubieras llegado a él y le hubieras recordado que a tus bisnietos pequeños les gustaba visitarte sobre todo cuando nevaba.

Iba en el tren ayer, justo al enterarme de tu muerte, y sentía que los ángeles que trabajaban en ese momento en tu alma estaban trabajando también en la mía. Al irte me iba también yo un poquito, y al recibir tú las bendiciones de los que te esperan allá arriba (todos los que te amaron antes que yo, todos los que se fueron antes que tú), me bendecías a mí con tu mero amor, con tu mera paz, con ese modo tuyo de asomarte al otro lado y abrazarlo con el entusiasmo de quien cumplió su tarea.

Gracias, abuelo, por todos los bellos recuerdos que conservo junto a ti. Gracias por abrirme el camino hacia una vida verdadera. Gracias por las semillas que plantaste, por tu entrega al amor y a la ayuda a los demás, por tu rectitud y justicia, por ser ejemplo de caballero a la vez autoridad y ternura, por anteponer tu honradez a ti mismo, por cada momento de disfrute cuando fuimos niñas. Y por estos últimos días.

También por estos últimos días.

Todos sabemos que al enfrentarnos a la muerte de los seres queridos, a la vez estamos enfrentándonos con la muerte propia. No es solo que te vas, con la nostalgia que implica el adiós; también es que nos vamos, que nos vamos a ir un día, “y se quedarán los pájaros cantando”, que diría, decía, Juan Ramón.

Y en este proceso que has vivido los últimos meses, de nuevo protagonista absoluto de la vida, enfrentado al momento cumbre, también ha habido algo de ejemplar. Has sufrido, pero no en vano. Con hilos invisibles estas semanas se han vuelto a entretejer amorosamente nuestras relaciones, las de todos los que te quisimos; tus hijos (y mi mamá) te han acompañado durante noches interminables, profundizando junto a ti en el sentido de la vida y acercándose de algún modo a tu fe; tus nietas se han reunido para viajar hacia ti, para amarse desde tu amor y recordarte; tus seres queridos te han tenido presente en sus oraciones, y el tiempo de tu vida se ha extendido para hacernos comprender que era suficiente, que para ti era ya suficiente, que Dios te quería ya con él.

Ayer te miraba en el tanatorio y solo sentía paz. No tenemos ni idea de las maravillas con las que te habrás topado al llegar. Los ángeles operan, se llevan tu alma, nos dejan aquí, y siento esa paz de quien comprende, desde lo más profundo de su corazón, que todo está bien. Que todo es perfecto en su imperfección. Que tu muerte ha sido como tu vida. Muerte llena. Muerte que calienta y no vacía.

Que a partir de ahora, aunque no estarás ya presente en la tierra, nos protegerás con más fuerza (presencia sutil) y mejor aún que hasta ahora.

Aquí no se acaba tu camino. Ni el nuestro contigo. Dale un abrazo fuerte a la abuela, y a todos los que se fueron antes que tú.

Y gracias, eso sé que lo digo de tu parte, a todos los que han rezado por ti estos días, a los que no te han dejado ni un momento solo en este proceso a la vez de máxima soledad y amor (una mano siempre cobijaba la tuya); a la nieta que te llora desde el otro lado del mundo, y a los que te han acompañado con su intención más pura ayer y hoy.

Los verás, nos veremos de nuevo. Si Dios quiere. Te queremos.

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La muerte como brújula

Ha ocurrido casi todo a la vez: mi abuelo enfermo en el hospital y no sabían bien si saldría de esta (gracias a Dios se ha recuperado), el final de la serie A dos metros bajo tierra (Six feet under en inglés) de una familia que dirige una funeraria, cuyo último capítulo nos muestra cómo mueren cada uno de los personajes; la extraña hazaña de meternos en familia, el otro día, a tomar algo caliente en la cafetería del tanatorio de Alcorcón, porque estábamos paseando por allí y hacía demasiado frío; Sendino se muere, de Pablo D’Ors; Tifo, que se fue hace poco;  el recuerdo de Mumtás; y mi 33 cumpleaños.

Ha ocurrido casi todo a la vez y veo que sigo sin concebir muy bien qué sea eso de la muerte. El horizonte de la muerte es maestro rotundo (por eso la hoz) para la vida. ¿De qué sirve vivir para morir si nuestros 30 o 40 o 50 o 90 años sobre la tierra serán un mero pasatiempo? ¿De qué sirve tener hijos si no se les enseña nada de lo eterno? ¿Y tener miedo o vergüenza o escrúpulos para ser uno mismo con tan poco tiempo para hacer algo que merezca la pena? ¿Y la fama, eso que decían los griegos? ¿La fama de qué le sirve al que ha muerto? ¿Tendrán Aquiles, o Alejandro, o Leonardo o Napoleón o un día Cristiano Ronaldo satisfacción post-mortem por seguir en las páginas de los libros de historia? ¿O es solo los que se quedan quienes se sirven de su ejemplo?

Asomada a ese ventanuco que se me ha abierto estos días, solo encuentro dos modos más o menos auténticos de vivir: uno, si la vida es lo que se ve y ya está, bebérsela entera, ser hedonista hasta la médula, comérsela, amársela, riéndonos mientras de su insignificancia; el otro, si la vida es sobre todo lo que no se ve, un puente hacia otra cosa, un regalo y a la vez una prueba, entonces hay que ponerla en su sitio y aprovecharla para llegar al fondo de su significado. Vivir para nosotros o por algo más grande que nosotros mismos, en definitiva.

Mi vida pasará. Me iré tarde o temprano. Se irán todos los que me amaron. Mis hijos morirán. Y los hijos de mis hijos. Mis padres. Mis hermanas. Mi marido. Ojalá cuando llegue el día haya merecido la pena dialogar con el tiempo. Ojalá hallemos entonces paz. Ojalá.

((“Y se quedarán los pájaros cantando”)).

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De nuevo encuentro a un autor

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Pensé que la lectura no volvería a tener para mí la fuerza de antaño. Es habitual escuchar que cuando la vida avanza el entusiasmo, o al menos la pasión, se aplacan.

Soñé con Machado y Soria, Machado y Leonor, muchas veces cuando era niña. Pasear por el Duero evoca ese espacio misterioso en que campan mis recuerdos. Leí todo lo que encontré en español y lo que no en inglés de Henry David Thoreau cuando estaba en el instituto. Yo también quería ir a los bosques. Yo también quería vivir a fondo. Yo también quería leer no en los tiempos (“The times”) sino en las eternidades. A los veinte años, después de una crisis brutal de sentido (¿hacia dónde mi vida?, me preguntaba día y noche sin hallar respuesta, cuarenta de fiebre sin motivo físico, no se abrían puertas, ni ventanas, ni tampoco la chimenea), encendí el televisor y apareció un tal Jodorowsky hablando sobre “Psicomagia”. Estuve meses devorando todos sus libros, me explicaron cosas de mi vida, abrieron puertas por las que entré al bosque de Thoreau, y de ahí nadé en el Duero de Machado, y el río desembocó en un mar sin palabras, más allá de los libros, y me meció tras borrascas para llevarme a una bella isla al este del Mediterráneo (Chipre, Mawlana).

Pensé que mi corazón había encontrado lo que mi cabeza había buscado en los libros, y que ya no volvería a disfrutar tan apasionadamente de ningún autor.

Pero me equivoqué. Ahora estoy más sosegada, soy más realista y a la vez más entuasiasta, tengo para leer no más de dos o tres horas cada semana. Pero he encontrado, sorprendentemente (¡cómo es la vida!) un autor al que consignar ese tiempo. Un escritor que me refleja y a la vez me enseña y escribe justo lo que a mí me gustaría escribir. Todos sus temas me interesan. Su profundidad es agua fresca. Sus palabras me hacen recordar siempre lo más importante. Mi corazón se renueva al saborearlas. Se llama Pablo D’Ors. Y, entre otras obras, ha dado a la luz “Biografía del silencio”.

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