Mawlana Sheij Nazim

 

Mawlana Sheij Nazim La muerte se anunciaba y no lo supe ver. Se anunció con una serie de televisión sobre muertes que vimos durante algunos meses. Se anunció con la agonía y el fallecimiento de mi abuelo. Estaba en el aire, la anunciaban los astros. Pero nunca sabemos hasta dónde.

Mawlana acaba de fallecer. Mi maestro. La persona que puso patas arriba toda mi vida. El único hombre al que he visto como fiel reflejo (materializado, encarnado, concreto) de lo divino. La persona más sabia y amorosa que me ha hablado. Me rescató de la tormenta y me puso rumbo a aguas de paz. Nadie me ha mirado como él. Nadie puede amar tanto. Él no era una persona, sino una bendición. Puso su saliva en los labios de Abraham. Me enseñó (me estaba enseñando, me está enseñando) a vivir. Mi brújula hacia mí misma. Mi camino de Santiago. El eje de mi vida y de la de mi marido y de la de nuestra familia.

Acaba de traspasar el umbral. Ahora mismo. Justo ahora. Un miércoles cualquiera, mientras daba clases, sin que nada cambiara al parecer alrededor. Llegó su hora cumbre. Sus bodas con el Amado. Su adiós a lo material. Su abrazo con el misterio.

Cuando murió mi abuelo reflexioné sobre el hecho de que la vida es un sueño; un suspiro que solo tiene sentido por cada acto de corazón, por cada resonancia con lo eterno que podamos habitar. Ahora que muere mi abuelo espiritual, mi padre espiritual, el faro que ilumina el viaje de mi corazón a Dios, más bien siento que es la muerte la que es ilusoria. Él pasa de uno a otro lado sin que suceda apenas nada; un miércoles de mayo, mientras doy clase. La terrible catarsis que supone su pérdida está solo en nuestra imaginación, es solo una alucinación. Él seguirá trabajando, tal vez aún con más fuerza, en el bruñido de nuestros corazones. Seguirá presente porque ya estaba presente de un modo no material. Había muerto antes de morir, ¿qué puede traer de nuevo su adiós? Ya estaba entregado a Dios, ya era conciencia pura viajando como el aire, estaba en cada flor donde se posa una abeja, en cada uno de los sueños en los que se asomaba, en el color del alba, en cada gota de lluvia. Estaba en el sabor verdadero de cada cosa. En la belleza de la música. Estaba. Está. Está.

Mi alma se emociona y es de puro agradecimiento. Eso sí. Le agradezco a Dios haberlo conocido vivo como pocas cosas he agradecido nunca. Mirarle a los ojos fue mi punto de inflexión. Mi conversión fue un don de su mirada. Saber que existía en el mundo, en este mundo, un ser como él lo cambió todo. Desde aquel día cambió todo. Nunca me ha atraído tanto una vida. Pura, sencilla, verdadera, realista hasta la raíz, entregada al amor en cada segundo, conectada con Dios en cada latido. Sin trampa ni cartón. Esperabas para verle y te metían en un salón donde sus nietos veían una película. Allah… Allah… Allah… susurraba su respiración.

Quien no cree en que haya maestros es porque no tuvo la bendición de conocerle. Y yo sí. Me siento tan dichosa y a la vez tan avergonzada de no estar a la altura.

Mis ojos se nublan de lágrimas y mi garganta traga saliva hecha de mis recuerdos. Gracias por el día en que me miraste con un amor que nadie me había dado jamás, tomándote más en serio mi vida que yo. Gracias por sanar mi corazón cuando estaba roto, poniéndole miel a cada brecha. Gracias por enseñarme el sentido, por regalarme un nombre que me trajo la satisfacción de Dios, por dejarme oler las flores de tu jardín, por abrirme a mí como a una flor, comer tu sopa, dormir en tu casa, ser tu huésped durante dos meses, y encima después darme las gracias y pedirme que volviera, por favor. Como si mi visita fuera lo mejor que te había sucedido en la vida. Como si el turrón que te regalaban fuera un bocado del paraíso. Gracias por haberme recogido perdida del bosque y haberme llevado al camino de una vida verdadera. Gracias por haber juntado mi mano (y mi cuerpo, y mi corazón) con el de un hombre que anhelaba justo lo mismo que yo. Gracias por bendecir a mis padres, a mis suegros, a mis hermanas, a mis abuelos, a toda mi familia, llevando hacia la luz, incluso si no lo saben aún, a sus vidas. Gracias por poner a Mumtás en el regazo de Hajj Amina y por poner tu saliva en los labios de Abraham. Gracias por el día en que lanzaste un caramelo y cayó justo en nuestra mano. Gracias por escucharnos mientras cantábamos como si no sucediera otra cosa en toda la faz de la tierra. Gracias por presentarte en mis sueños e invitarme a ir a Chipre embarazada de Omar. Y gracias por esta semilla que crece ahora en mi vientre y para la que serás, si Dios quiere, un maestro inmaterial, de biografía mítica, inmenso, revivido por la memoria de sus padres.

Pero sobre todo gracias por lo que no ha acabado; gracias por lo que significas; gracias porque estás. Gracias por ser. Gracias a Dios por ti. Yo no sé muy bien qué estará sucediendo ahora en los cielos. El misterio se me presenta como un océano infinito en profundidad y longitud. Pero puedo vislumbrar que en realidad nada ha cambiado, y que si algo lo ha hecho es para mayor beatitud e intensidad de tu presencia espiritual.

Enséñame a amarte mejor, Mawlana. Enséñame a centrar mi vida y volverla servicio a Dios. Enséñame a trabajar solo en lo importante, a amar con más verdad a mi familia y mis hermanos, a orar con intensidad y atención, a no perder la luz del faro, a estar presente, saborear la belleza, hacer sopa bendita y escribir con el corazón. Enséñame a ser buena aprendiz. Enséñame a abrirte la puerta para que pases a mi hogar, te descalces, y puedas abrazarme cada día de mi vida.

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Abuelo…

Amanece el primer día sin ti y Dios envía nieve como por intercesión tuya; como si hubieras llegado a él y le hubieras recordado que a tus bisnietos pequeños les gustaba visitarte sobre todo cuando nevaba.

Iba en el tren ayer, justo al enterarme de tu muerte, y sentía que los ángeles que trabajaban en ese momento en tu alma estaban trabajando también en la mía. Al irte me iba también yo un poquito, y al recibir tú las bendiciones de los que te esperan allá arriba (todos los que te amaron antes que yo, todos los que se fueron antes que tú), me bendecías a mí con tu mero amor, con tu mera paz, con ese modo tuyo de asomarte al otro lado y abrazarlo con el entusiasmo de quien cumplió su tarea.

Gracias, abuelo, por todos los bellos recuerdos que conservo junto a ti. Gracias por abrirme el camino hacia una vida verdadera. Gracias por las semillas que plantaste, por tu entrega al amor y a la ayuda a los demás, por tu rectitud y justicia, por ser ejemplo de caballero a la vez autoridad y ternura, por anteponer tu honradez a ti mismo, por cada momento de disfrute cuando fuimos niñas. Y por estos últimos días.

También por estos últimos días.

Todos sabemos que al enfrentarnos a la muerte de los seres queridos, a la vez estamos enfrentándonos con la muerte propia. No es solo que te vas, con la nostalgia que implica el adiós; también es que nos vamos, que nos vamos a ir un día, “y se quedarán los pájaros cantando”, que diría, decía, Juan Ramón.

Y en este proceso que has vivido los últimos meses, de nuevo protagonista absoluto de la vida, enfrentado al momento cumbre, también ha habido algo de ejemplar. Has sufrido, pero no en vano. Con hilos invisibles estas semanas se han vuelto a entretejer amorosamente nuestras relaciones, las de todos los que te quisimos; tus hijos (y mi mamá) te han acompañado durante noches interminables, profundizando junto a ti en el sentido de la vida y acercándose de algún modo a tu fe; tus nietas se han reunido para viajar hacia ti, para amarse desde tu amor y recordarte; tus seres queridos te han tenido presente en sus oraciones, y el tiempo de tu vida se ha extendido para hacernos comprender que era suficiente, que para ti era ya suficiente, que Dios te quería ya con él.

Ayer te miraba en el tanatorio y solo sentía paz. No tenemos ni idea de las maravillas con las que te habrás topado al llegar. Los ángeles operan, se llevan tu alma, nos dejan aquí, y siento esa paz de quien comprende, desde lo más profundo de su corazón, que todo está bien. Que todo es perfecto en su imperfección. Que tu muerte ha sido como tu vida. Muerte llena. Muerte que calienta y no vacía.

Que a partir de ahora, aunque no estarás ya presente en la tierra, nos protegerás con más fuerza (presencia sutil) y mejor aún que hasta ahora.

Aquí no se acaba tu camino. Ni el nuestro contigo. Dale un abrazo fuerte a la abuela, y a todos los que se fueron antes que tú.

Y gracias, eso sé que lo digo de tu parte, a todos los que han rezado por ti estos días, a los que no te han dejado ni un momento solo en este proceso a la vez de máxima soledad y amor (una mano siempre cobijaba la tuya); a la nieta que te llora desde el otro lado del mundo, y a los que te han acompañado con su intención más pura ayer y hoy.

Los verás, nos veremos de nuevo. Si Dios quiere. Te queremos.

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La muerte como brújula

Ha ocurrido casi todo a la vez: mi abuelo enfermo en el hospital y no sabían bien si saldría de esta (gracias a Dios se ha recuperado), el final de la serie A dos metros bajo tierra (Six feet under en inglés) de una familia que dirige una funeraria, cuyo último capítulo nos muestra cómo mueren cada uno de los personajes; la extraña hazaña de meternos en familia, el otro día, a tomar algo caliente en la cafetería del tanatorio de Alcorcón, porque estábamos paseando por allí y hacía demasiado frío; Sendino se muere, de Pablo D’Ors; Tifo, que se fue hace poco;  el recuerdo de Mumtás; y mi 33 cumpleaños.

Ha ocurrido casi todo a la vez y veo que sigo sin concebir muy bien qué sea eso de la muerte. El horizonte de la muerte es maestro rotundo (por eso la hoz) para la vida. ¿De qué sirve vivir para morir si nuestros 30 o 40 o 50 o 90 años sobre la tierra serán un mero pasatiempo? ¿De qué sirve tener hijos si no se les enseña nada de lo eterno? ¿Y tener miedo o vergüenza o escrúpulos para ser uno mismo con tan poco tiempo para hacer algo que merezca la pena? ¿Y la fama, eso que decían los griegos? ¿La fama de qué le sirve al que ha muerto? ¿Tendrán Aquiles, o Alejandro, o Leonardo o Napoleón o un día Cristiano Ronaldo satisfacción post-mortem por seguir en las páginas de los libros de historia? ¿O es solo los que se quedan quienes se sirven de su ejemplo?

Asomada a ese ventanuco que se me ha abierto estos días, solo encuentro dos modos más o menos auténticos de vivir: uno, si la vida es lo que se ve y ya está, bebérsela entera, ser hedonista hasta la médula, comérsela, amársela, riéndonos mientras de su insignificancia; el otro, si la vida es sobre todo lo que no se ve, un puente hacia otra cosa, un regalo y a la vez una prueba, entonces hay que ponerla en su sitio y aprovecharla para llegar al fondo de su significado. Vivir para nosotros o por algo más grande que nosotros mismos, en definitiva.

Mi vida pasará. Me iré tarde o temprano. Se irán todos los que me amaron. Mis hijos morirán. Y los hijos de mis hijos. Mis padres. Mis hermanas. Mi marido. Ojalá cuando llegue el día haya merecido la pena dialogar con el tiempo. Ojalá hallemos entonces paz. Ojalá.

((“Y se quedarán los pájaros cantando”)).

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De nuevo encuentro a un autor

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Pensé que la lectura no volvería a tener para mí la fuerza de antaño. Es habitual escuchar que cuando la vida avanza el entusiasmo, o al menos la pasión, se aplacan.

Soñé con Machado y Soria, Machado y Leonor, muchas veces cuando era niña. Pasear por el Duero evoca ese espacio misterioso en que campan mis recuerdos. Leí todo lo que encontré en español y lo que no en inglés de Henry David Thoreau cuando estaba en el instituto. Yo también quería ir a los bosques. Yo también quería vivir a fondo. Yo también quería leer no en los tiempos (“The times”) sino en las eternidades. A los veinte años, después de una crisis brutal de sentido (¿hacia dónde mi vida?, me preguntaba día y noche sin hallar respuesta, cuarenta de fiebre sin motivo físico, no se abrían puertas, ni ventanas, ni tampoco la chimenea), encendí el televisor y apareció un tal Jodorowsky hablando sobre “Psicomagia”. Estuve meses devorando todos sus libros, me explicaron cosas de mi vida, abrieron puertas por las que entré al bosque de Thoreau, y de ahí nadé en el Duero de Machado, y el río desembocó en un mar sin palabras, más allá de los libros, y me meció tras borrascas para llevarme a una bella isla al este del Mediterráneo (Chipre, Mawlana).

Pensé que mi corazón había encontrado lo que mi cabeza había buscado en los libros, y que ya no volvería a disfrutar tan apasionadamente de ningún autor.

Pero me equivoqué. Ahora estoy más sosegada, soy más realista y a la vez más entuasiasta, tengo para leer no más de dos o tres horas cada semana. Pero he encontrado, sorprendentemente (¡cómo es la vida!) un autor al que consignar ese tiempo. Un escritor que me refleja y a la vez me enseña y escribe justo lo que a mí me gustaría escribir. Todos sus temas me interesan. Su profundidad es agua fresca. Sus palabras me hacen recordar siempre lo más importante. Mi corazón se renueva al saborearlas. Se llama Pablo D’Ors. Y, entre otras obras, ha dado a la luz “Biografía del silencio”.

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Navidad

Hemos despertado hace poco. Omar primero, como casi siempre. Ha empezado a hablar sin decir nada en su cama y luego se ha levantado y se ha empeñado en que también era hora de levantarse para los demás. Nunca para hasta que nos tiene a todos danzando junto a él. 

Estamos los cuatro en casa. Amanece un día tranquilo. Afuera llueve. Las gotas de agua cuelgan de los árboles calvos como las bolas de los árboles de Navidad. ¿No hay nieve, mamá? Pregunta Abraham, que ha imaginado por lo que ha visto en la tele que Navidad y nieve son una misma cosa. 

Detrás de mí se insinúan todas las Navidades de todos los años vividos. Siempre para mí fueron días de felicidad. De adolescente, cuando prefería escribir a dormir, soñaba con pasar una Nochebuena encerrada en un silencioso templo. Ahora, ¿qué significa la Navidad ahora?

Creo que dos cosas: una emoción casi nostálgica ligada a mis años de infancia (el turrón de chocolate de mi abuelo, los juegos con mis primas, aquella vez que subimos a la azotea del piso de Ávila y lo vi, de verdad que lo vi, a Papá Noel volando por el cielo, la libertad que sentía en la Emisora de Arganda, las aventuras, los regalos, mamá despertándonos el día de Reyes Magos); y la conciencia del sentido profundo que tienen estas fechas. Celebrar la Navidad cada año es ponernos en disposición de recordar (con todo el corazón) que hubo alguien una vez que vino a amarnos a todos más de lo que nosotros nos permitiríamos jamás amarnos a nosotros mismos. Tan puro que fue el espíritu de Dios inseminado directamente en el cuerpo de una mujer virgen. Tan excepcional, que su ser late en el corazón de todo humano. Puro, inabarcable, inimitable, Cercano, amante, hecho piel con nuestra piel.

Recordar a Jesús, refugiándonos en algún momento del ruido externo, protegiéndonos de la fiebre consumista que sobrevive a la crisis, dejándonos mecer por él, entrar en él, acceder a nuestros espacios secretos, en silencio (afuera el frío, dentro del hogar). Recordar a Jesús, aunque sea un solo momento, hace que estas fechas sigan mereciendo la pena. 

Feliz Navidad. 

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Final de curso, tesis, Ramadán, yo también empiezo el cole

Los últimos meses han sido vertiginosos. Pero no del vértigo espacial que uno siente cuando se asoma a lo alto de un acantilado, sino un vértigo de manantial, vida vuelta manantial, que florece allá por donde ya no lo esperas.

En febrero, después de dos años y medio de haber aprobado sin plaza una oposición, llegó a mi número la lista de profesores interinos de instituto. Con un pequeño matiz: me tocó dar clases particulares a chicos (todos adolescentes) que por razones médicas no podían desplazarse a sus centros. Resultado: por primera vez desde que soy madre me hacen un contrato de trabajo. Resultado: de algún modo es un puesto que nunca había imaginado, pero a la vez perfecto para mí. A tanto niveles que no podría ni empezar a explicarme. Cuando eres profesora aprendes mucho más de lo que enseñas. Quiero darles las gracias, por si un día me leen, a Mónica, Fiorella, Teresa, Nicolás y Alisson.

En abril presenté por fin la tesis, y me quité un peso de encima.

En junio el curso se acabó. Poco después empezó un Ramadán que me ha limpiado por dentro y por fuera, que me ha devuelto las fuerzas después de los partos, y que me ha puesto los pies en la tierra y el corazón en un árbol. Una secuoya quizá desde la que se ve bien el cielo.

Las vacaciones: un suspiro. El mar que cura porque late, la dulce boda de Diana y Briant, una ecoaldea perdida en el norte de Francia donde Jorge y Annelen quisieron sellar su amor (y en tono sufí) y la subida con Teresa a lo alto de la Torre Iff (así la llamaba cariñosamente Abraham). Agotados con los dos pequeñuelos de paseo por París. Felices de hacer este intenso viaje en familia. Sin dejar de aprender. ¡Ante la vida sólo cabe el entusiasmo!

Nos ponemos en septiembre y resulta que Omar ya anda y que Abraham afronta sus primeros días de colegio. Maduro y feliz. Un poco desorientado quizá. Deseoso de aprender. Relatando al volver cada día mil historias fantásticas y hermosas.

Y viene la reflexión: la maternidad (en todas sus fases) es puro aprendizaje de amor y desapego. Veo a Abraham subir las escaleras y perderse por la puerta hasta entrar a su clase y no siento tristeza, aunque sí se encoge el corazón porque de algún modo se está diciendo adiós; y siento curiosidad, emoción por el mundo que se le abre ahora, alegría porque yo era feliz en el cole, mucho amor, y la sensación de que es esto lo que ahora toca. La vida está bien hecha. Cada una de sus fases. Él empieza estos días a independizarse y al desapegarme un poquito me asomo a ese destino único que le aguarda, a la gratuidad en el amor que Dios quiere que la madre aprenda, a la intuición de que allá en el fondo, muy en el fondo, nuestra maternidad se abre a todos los demás seres. A condición de asumir y abrazar el dolor que conlleva amar.

Empieza el cole.

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Nieva

Dios creó la nieve pensando en ti.

Tu alma dulcemente se posa en esta tierra.

Lo liviano, lo sutil, todo lo inefable te nombra

por ese misterio encarnado en tu sonrisa.

Cabe en ti la esperanza de este mundo,

los océanos todos, el colibrí y el potro.

Ojalá no te olvides de quién eres

y tu mirada se vierta,

convertido en manantial el destino,

sobre cada piedra.

Te quiero.

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