El pan bajo el brazo

De nuevo la vida se vuelve tan intensa que imposibilita la escritura. Tal vez por eso muchos de los grandes profetas y maestros nunca escribieron. Estaban tan en la vida que no les quedaba tiempo para parar.

Llevo días con un texto de interpretación de lo vivido en la punta de la lengua. Hoy me pongo el portabebés y subo a Moisés en él para colocar el ordenador encima de la chimenea y escribir de pie mientras danzo con las caderas. Moisés duerme plácido. Pegado al latido de mi corazón. Acompasándonos.

Los meses antes del parto fueron agotadores. Mi cuerpo soportaba a duras penas el trabajo en el instituto. Los encuentros sufíes una vez al mes me daban aire para respirar. Mi abuela Asun murió justo el domingo de Resurrección, cuando despertaba la primavera. Tuve poco tiempo para decirle adiós. Reconocí durante semanas su fortaleza en mí; repasé los recuerdos de mi infancia, las bellísimas tardes de aventura en la Emisora de Arganda, la acequia discurriendo, el almendro de su patio, los tomates y pimientos buenos, el columpio que construyó mi abuelo, esa escuela abandonada y fantasmagórica, la paella en la lumbre y los caracoles después de la lluvia. Soñé que buscaba una casa al lado de un manantial. Y me importaba más el manantial que la casa.

Sheij Omar nos dijo que las cosas que no resolvemos en vida se van resolviendo tras nuestra muerte gracias a las oraciones de nuestros seres queridos. Gracias a Dios despedimos a mi abuela rezando en familia; un cura depositó un rosario en su pecho; todos sus seres queridos juntos.

Luego me di de baja en el instituto, despedí a mis alumnos y de alguna manera empecé a parir. Eso fue el 9 de mayo. Me dediqué el mes siguiente a acompañar con Fátima a Omar y Abraham al cole, a recogerlos al final de la mañana esperando volver a ver su rostro, a preparar comida bendita, a prepararme para el nacimiento de Nuria o Moisés. A Omar le sentaron muy bien esas semanas, junto con la vuelta de su dulcísima profe después de meses de baja. Fátima le agarraba la mano a su hermano cuando Omar se marchaba a clase para entrar con él.

Después llegó el Ramadán. Lo recibí con ganas de ver nacer a mi hijo en un mes tan bendito y con nostalgia profunda de no poder ayunar. Sobre todo al atardecer, cuando los pájaros se asoman a la belleza del ocaso y lo acompañan cantando con ese amor que solo tiene quien está entregado ya antes de haber nacido.

julioUna mañana empecé a partirme en dos, las contracciones se hicieron más intensas, y nos marchamos rápido al hospital porque Nuria o Moisés ya llegaba. Fue un parto fácil y rápido, gracias a Dios. Moisés fue más pequeño de lo que esperaba. El amor volvió a inundarlo todo. La vida se volvió más animal y a la vez más espiritual de repente. Escuchábamos el “Marhaba Mawlana” en el paritorio. Era 4 de junio. Pentecostés y Ramadán. Alhamdulillah.

¿Y luego qué? En el hospital, un poco de descanso y muchas visitas de gente querida. En casa, los primeros días, emociones intensas y unos cuantos adioses. Falleció la madre de Juanjo, y mi querida Ruth, Saliha, que me ayudó a decirle adiós a Mumtás acompañándonos hace casi siete años, entró de repente en coma por fallo de su corazón trasplantado. Moisés llegaba y otros se iban. Durante una semana me ayudó mi pequeño a rezar por Ruth. La mantuvieron artificialmente con vida enganchada a un corazón eléctrico. La había visto por última vez justo cuando me enteré de que estaba embarazada de Moisés, y cuando el pequeño nació le envié una foto y ella respondió: Mardi, te quiero mucho. Eso fue lo último que me dijo. Fue su amor quien me despidió.

Los médicos tomaron la decisión de desconectarla y mi querida Ruth falleció en Ramadán, trayendo mucho amor a las personas que la queríamos, y rodeada de nuestras oraciones y de la bendición del maestro. Moisés tenía dos semanas.

Ahora acabamos la cuarentena y empiezo a comprender. Moisés es el cuarto, pero todo ha sido hasta ahora más fácil de lo que habría imaginado. Ahí está todo problema: en la imaginación. Si imaginas cómo saldrás adelante cada día con cuatro pequeñines. Cómo harás para cocinar, limpiar, estar atenta a ellos, acompañarles en sus juegos, dedicarles el ratito que necesitan para adaptarse también a la nueva situación, para dormir, compartir momentos con tu pareja y volver el rostro a Dios, si lo imaginas, entonces todo se te vuelve imposible. Mucha gente planifica sus vidas y dice: más de dos hijos no se puede.

Pero eso es la imaginación. La realidad (y de eso se trata nuestro camino, de aprehenderla y saborearla), va por otro sitio. El milagro se abre solo para el realista. Y se vuelve cotidiano. Si me dejo de planificaciones y me abandono al presente, y me entrego feliz a lo que tenga que ser, entonces tener cuatro hijos no da más trabajo que tener tres o dos o uno, porque el trabajo en realidad no lo hago yo, sino que lo hace otro. Me entrego con amor a lo que hay, a lo que es, y, de verdad, cuatro no son más que tres. El corazón no ha de dividirse, sino que se multiplica. El tiempo se expande y surge un espacio (ahí está el milagro) para aprender árabe o para nadar un rato en la piscina. Incluso puedo escribir a la vez que acuno a Moisés, escribir con su cabecita pegada a mi corazón, escribir mientras le doy todo lo que soy, nutrirme de su silencio para generar esta palabra mientras él se nutre de mi pecho.

Hacía tiempo que no me sentía con tanta energía como estos días. Comprendo ya que la maternidad es un camino, un modo de peregrinar hacia el Amor, y que viviendo en el estado preciso da igual dos que tres que ocho o que diez. Le doy por entenderlo gracias a Dios.

En todas las tradiciones se dice, de algún modo, que cada hijo viene con un pan bajo el brazo. Literalmente esa frase nos indica que cada hijo tiene asignada al nacer ya su provisión. No somos los padres los que tenemos que encargarnos de ella, aunque a la vez sí. Le llegará a nuestro través, pero viniendo de otro. Y nosotros solo tenemos que ponernos al servicio de ese otro. Buscar el reino de Dios para que él nos vista como a los lirios del campo.

Pero el pan debajo del brazo (¡hemos empezado a preparar pan casero!), habla también de otro pan. El pan bajo el brazo no es solo material. Por lo que he aprendido de mis cuatro experiencias, cada hijo nos abre también a una nueva frecuencia de la realidad. Es como si en la radio, además de la AM y la FM, de repente surgiera una nueva. El pan también es espiritual. Un regalo del cielo, un regalo eterno.

Moisés ha llegado en Ramadán y de repente me he puesto a estudiar árabe. Moisés es hijo de los encuentros sufíes (hemos realizado uno al mes durante toda mi gestación) y me habla todo el tiempo del encuentro. Ruth se marchó cuando él nació y era una hermana del alma y nos reunió para que oráramos por ella. Moisés me llama también a la introversión. Invoca al secreto. Me asoma al silencio.

Quiero dar las gracias a todas las personas que nos acompañan, cada día, dándonos siempre lo mejor de sí. Ojalá pueda amaros por amor a Dios.

julio

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Tu nacimiento y el Ramadán

Sigo a la espera. Se anuncia tu llegada a la vez que se anuncia la del Ramadán, ese mes en que todo se vuelve nuevo. Ese mes en el que nada importa nada salvo lo que de verdad importa.

Si Dios quiere y llegas pronto, vendrás con él y así nacerás cuando las fuerzas angélicas están más presentes y la vida es dulce y el sentido penetra en los sabores, olores y emociones. No podré ayunar y tampoco sé hasta qué punto realizaré las prácticas prescritas, pero sé que sí ayunaré, si Dios quiere, gracias a ti: ayunaré de sueño, porque vendrás a quitarle a las noches la autocomplacencia; ayunaré, si Dios quiere, de odios y miserias, porque tu nacimiento, como el de tus hermanos, llenará mi corazón de amor; ayunaré, si Dios quiere, de decir palabras que sobran, porque mi atención no estará puesta en lo que me saca de mí sino en lo que me entrega a ti, esencial y puro/a, regalo del cielo; ayunaré, si Dios quiere, de extroversión, porque te insinúas y siento que vienes para meterme dentro, vienes para cultivar mi hogar, vienes para intimar conmigo y regalarme un espacio de silencio, privacidad y misterio; sancta sanctorum, secreto escondido detrás de una cortina de seda; ayunaré, si Dios quiere, de todo lo superfluo, porque tú solo sabrás de lo esencial.

El Ramadán se acerca y con él tú te acercas. Aún no sé si eres niño o niña. Mi abuela Asun falleció hace un mes. Te has gestado durante los encuentros sufíes que hemos realizado en casa, y siento que eres hijo/a de ellos. Sheij Omar nos recitó parte de la sura Nur (de la luz) un día, y nos tradujo un fragmento que está como pegado a ti y que se ha quedado grabado en mí:

“Allah es la luz de los cielos y la tierra. Su luz es como una hornacina en la que hay una lámpara; la lámpara está dentro de un vidrio y el vidrio es como un astro radiante. Se enciende gracias a un árbol bendito, un olivo que no es ni oriental ni occidental, cuyo aceite casi alumbra sin que lo toque el fuego. Luz sobre luz. Allah guía hacia Su luz a quien quiere. Allah llama la atención de los hombres con ejemplos y Allah conoce todas las cosas.
En casas que Allah ha permitido que se levanten y se recuerde en ellas Su nombre y en las que Le glorifican mañana y tarde.
Hombres a los que ni el negocio ni el comercio les distrae del recuerdo de Allah, de establecer el salat y de entregar el zakat. Temen un día en el que los corazones y la vista sean puestos del revés” (24-34/37).

¿Traerás esa luz contigo? ¿Vendrás, como vinieron tus hermanos, a revolucionar completamente mi vida? ¿Llegarás con tu esencia única, tu camino propio, a abrir una ventana nueva dentro de mi corazón?

Ya te quiero y en el horizonte se dibuja tu rostro aún incierto. Alguien abre la puerta. Es de noche, pero se vislumbra al fondo una luz.

Insallah.

Chipre jazmín

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Mawlana Sheij Nazim

 

Mawlana Sheij Nazim La muerte se anunciaba y no lo supe ver. Se anunció con una serie de televisión sobre muertes que vimos durante algunos meses. Se anunció con la agonía y el fallecimiento de mi abuelo. Estaba en el aire, la anunciaban los astros. Pero nunca sabemos hasta dónde.

Mawlana acaba de fallecer. Mi maestro. La persona que puso patas arriba toda mi vida. El único hombre al que he visto como fiel reflejo (materializado, encarnado, concreto) de lo divino. La persona más sabia y amorosa que me ha hablado. Me rescató de la tormenta y me puso rumbo a aguas de paz. Nadie me ha mirado como él. Nadie puede amar tanto. Él no era una persona, sino una bendición. Puso su saliva en los labios de Abraham. Me enseñó (me estaba enseñando, me está enseñando) a vivir. Mi brújula hacia mí misma. Mi camino de Santiago. El eje de mi vida y de la de mi marido y de la de nuestra familia.

Acaba de traspasar el umbral. Ahora mismo. Justo ahora. Un miércoles cualquiera, mientras daba clases, sin que nada cambiara al parecer alrededor. Llegó su hora cumbre. Sus bodas con el Amado. Su adiós a lo material. Su abrazo con el misterio.

Cuando murió mi abuelo reflexioné sobre el hecho de que la vida es un sueño; un suspiro que solo tiene sentido por cada acto de corazón, por cada resonancia con lo eterno que podamos habitar. Ahora que muere mi abuelo espiritual, mi padre espiritual, el faro que ilumina el viaje de mi corazón a Dios, más bien siento que es la muerte la que es ilusoria. Él pasa de uno a otro lado sin que suceda apenas nada; un miércoles de mayo, mientras doy clase. La terrible catarsis que supone su pérdida está solo en nuestra imaginación, es solo una alucinación. Él seguirá trabajando, tal vez aún con más fuerza, en el bruñido de nuestros corazones. Seguirá presente porque ya estaba presente de un modo no material. Había muerto antes de morir, ¿qué puede traer de nuevo su adiós? Ya estaba entregado a Dios, ya era conciencia pura viajando como el aire, estaba en cada flor donde se posa una abeja, en cada uno de los sueños en los que se asomaba, en el color del alba, en cada gota de lluvia. Estaba en el sabor verdadero de cada cosa. En la belleza de la música. Estaba. Está. Está.

Mi alma se emociona y es de puro agradecimiento. Eso sí. Le agradezco a Dios haberlo conocido vivo como pocas cosas he agradecido nunca. Mirarle a los ojos fue mi punto de inflexión. Mi conversión fue un don de su mirada. Saber que existía en el mundo, en este mundo, un ser como él lo cambió todo. Desde aquel día cambió todo. Nunca me ha atraído tanto una vida. Pura, sencilla, verdadera, realista hasta la raíz, entregada al amor en cada segundo, conectada con Dios en cada latido. Sin trampa ni cartón. Esperabas para verle y te metían en un salón donde sus nietos veían una película. Allah… Allah… Allah… susurraba su respiración.

Quien no cree en que haya maestros es porque no tuvo la bendición de conocerle. Y yo sí. Me siento tan dichosa y a la vez tan avergonzada de no estar a la altura.

Mis ojos se nublan de lágrimas y mi garganta traga saliva hecha de mis recuerdos. Gracias por el día en que me miraste con un amor que nadie me había dado jamás, tomándote más en serio mi vida que yo. Gracias por sanar mi corazón cuando estaba roto, poniéndole miel a cada brecha. Gracias por enseñarme el sentido, por regalarme un nombre que me trajo la satisfacción de Dios, por dejarme oler las flores de tu jardín, por abrirme a mí como a una flor, comer tu sopa, dormir en tu casa, ser tu huésped durante dos meses, y encima después darme las gracias y pedirme que volviera, por favor. Como si mi visita fuera lo mejor que te había sucedido en la vida. Como si el turrón que te regalaban fuera un bocado del paraíso. Gracias por haberme recogido perdida del bosque y haberme llevado al camino de una vida verdadera. Gracias por haber juntado mi mano (y mi cuerpo, y mi corazón) con el de un hombre que anhelaba justo lo mismo que yo. Gracias por bendecir a mis padres, a mis suegros, a mis hermanas, a mis abuelos, a toda mi familia, llevando hacia la luz, incluso si no lo saben aún, a sus vidas. Gracias por poner a Mumtás en el regazo de Hajj Amina y por poner tu saliva en los labios de Abraham. Gracias por el día en que lanzaste un caramelo y cayó justo en nuestra mano. Gracias por escucharnos mientras cantábamos como si no sucediera otra cosa en toda la faz de la tierra. Gracias por presentarte en mis sueños e invitarme a ir a Chipre embarazada de Omar. Y gracias por esta semilla que crece ahora en mi vientre y para la que serás, si Dios quiere, un maestro inmaterial, de biografía mítica, inmenso, revivido por la memoria de sus padres.

Pero sobre todo gracias por lo que no ha acabado; gracias por lo que significas; gracias porque estás. Gracias por ser. Gracias a Dios por ti. Yo no sé muy bien qué estará sucediendo ahora en los cielos. El misterio se me presenta como un océano infinito en profundidad y longitud. Pero puedo vislumbrar que en realidad nada ha cambiado, y que si algo lo ha hecho es para mayor beatitud e intensidad de tu presencia espiritual.

Enséñame a amarte mejor, Mawlana. Enséñame a centrar mi vida y volverla servicio a Dios. Enséñame a trabajar solo en lo importante, a amar con más verdad a mi familia y mis hermanos, a orar con intensidad y atención, a no perder la luz del faro, a estar presente, saborear la belleza, hacer sopa bendita y escribir con el corazón. Enséñame a ser buena aprendiz. Enséñame a abrirte la puerta para que pases a mi hogar, te descalces, y puedas abrazarme cada día de mi vida.

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Abuelo…

Amanece el primer día sin ti y Dios envía nieve como por intercesión tuya; como si hubieras llegado a él y le hubieras recordado que a tus bisnietos pequeños les gustaba visitarte sobre todo cuando nevaba.

Iba en el tren ayer, justo al enterarme de tu muerte, y sentía que los ángeles que trabajaban en ese momento en tu alma estaban trabajando también en la mía. Al irte me iba también yo un poquito, y al recibir tú las bendiciones de los que te esperan allá arriba (todos los que te amaron antes que yo, todos los que se fueron antes que tú), me bendecías a mí con tu mero amor, con tu mera paz, con ese modo tuyo de asomarte al otro lado y abrazarlo con el entusiasmo de quien cumplió su tarea.

Gracias, abuelo, por todos los bellos recuerdos que conservo junto a ti. Gracias por abrirme el camino hacia una vida verdadera. Gracias por las semillas que plantaste, por tu entrega al amor y a la ayuda a los demás, por tu rectitud y justicia, por ser ejemplo de caballero a la vez autoridad y ternura, por anteponer tu honradez a ti mismo, por cada momento de disfrute cuando fuimos niñas. Y por estos últimos días.

También por estos últimos días.

Todos sabemos que al enfrentarnos a la muerte de los seres queridos, a la vez estamos enfrentándonos con la muerte propia. No es solo que te vas, con la nostalgia que implica el adiós; también es que nos vamos, que nos vamos a ir un día, “y se quedarán los pájaros cantando”, que diría, decía, Juan Ramón.

Y en este proceso que has vivido los últimos meses, de nuevo protagonista absoluto de la vida, enfrentado al momento cumbre, también ha habido algo de ejemplar. Has sufrido, pero no en vano. Con hilos invisibles estas semanas se han vuelto a entretejer amorosamente nuestras relaciones, las de todos los que te quisimos; tus hijos (y mi mamá) te han acompañado durante noches interminables, profundizando junto a ti en el sentido de la vida y acercándose de algún modo a tu fe; tus nietas se han reunido para viajar hacia ti, para amarse desde tu amor y recordarte; tus seres queridos te han tenido presente en sus oraciones, y el tiempo de tu vida se ha extendido para hacernos comprender que era suficiente, que para ti era ya suficiente, que Dios te quería ya con él.

Ayer te miraba en el tanatorio y solo sentía paz. No tenemos ni idea de las maravillas con las que te habrás topado al llegar. Los ángeles operan, se llevan tu alma, nos dejan aquí, y siento esa paz de quien comprende, desde lo más profundo de su corazón, que todo está bien. Que todo es perfecto en su imperfección. Que tu muerte ha sido como tu vida. Muerte llena. Muerte que calienta y no vacía.

Que a partir de ahora, aunque no estarás ya presente en la tierra, nos protegerás con más fuerza (presencia sutil) y mejor aún que hasta ahora.

Aquí no se acaba tu camino. Ni el nuestro contigo. Dale un abrazo fuerte a la abuela, y a todos los que se fueron antes que tú.

Y gracias, eso sé que lo digo de tu parte, a todos los que han rezado por ti estos días, a los que no te han dejado ni un momento solo en este proceso a la vez de máxima soledad y amor (una mano siempre cobijaba la tuya); a la nieta que te llora desde el otro lado del mundo, y a los que te han acompañado con su intención más pura ayer y hoy.

Los verás, nos veremos de nuevo. Si Dios quiere. Te queremos.

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La muerte como brújula

Ha ocurrido casi todo a la vez: mi abuelo enfermo en el hospital y no sabían bien si saldría de esta (gracias a Dios se ha recuperado), el final de la serie A dos metros bajo tierra (Six feet under en inglés) de una familia que dirige una funeraria, cuyo último capítulo nos muestra cómo mueren cada uno de los personajes; la extraña hazaña de meternos en familia, el otro día, a tomar algo caliente en la cafetería del tanatorio de Alcorcón, porque estábamos paseando por allí y hacía demasiado frío; Sendino se muere, de Pablo D’Ors; Tifo, que se fue hace poco;  el recuerdo de Mumtás; y mi 33 cumpleaños.

Ha ocurrido casi todo a la vez y veo que sigo sin concebir muy bien qué sea eso de la muerte. El horizonte de la muerte es maestro rotundo (por eso la hoz) para la vida. ¿De qué sirve vivir para morir si nuestros 30 o 40 o 50 o 90 años sobre la tierra serán un mero pasatiempo? ¿De qué sirve tener hijos si no se les enseña nada de lo eterno? ¿Y tener miedo o vergüenza o escrúpulos para ser uno mismo con tan poco tiempo para hacer algo que merezca la pena? ¿Y la fama, eso que decían los griegos? ¿La fama de qué le sirve al que ha muerto? ¿Tendrán Aquiles, o Alejandro, o Leonardo o Napoleón o un día Cristiano Ronaldo satisfacción post-mortem por seguir en las páginas de los libros de historia? ¿O es solo los que se quedan quienes se sirven de su ejemplo?

Asomada a ese ventanuco que se me ha abierto estos días, solo encuentro dos modos más o menos auténticos de vivir: uno, si la vida es lo que se ve y ya está, bebérsela entera, ser hedonista hasta la médula, comérsela, amársela, riéndonos mientras de su insignificancia; el otro, si la vida es sobre todo lo que no se ve, un puente hacia otra cosa, un regalo y a la vez una prueba, entonces hay que ponerla en su sitio y aprovecharla para llegar al fondo de su significado. Vivir para nosotros o por algo más grande que nosotros mismos, en definitiva.

Mi vida pasará. Me iré tarde o temprano. Se irán todos los que me amaron. Mis hijos morirán. Y los hijos de mis hijos. Mis padres. Mis hermanas. Mi marido. Ojalá cuando llegue el día haya merecido la pena dialogar con el tiempo. Ojalá hallemos entonces paz. Ojalá.

((“Y se quedarán los pájaros cantando”)).

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De nuevo encuentro a un autor

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Pensé que la lectura no volvería a tener para mí la fuerza de antaño. Es habitual escuchar que cuando la vida avanza el entusiasmo, o al menos la pasión, se aplacan.

Soñé con Machado y Soria, Machado y Leonor, muchas veces cuando era niña. Pasear por el Duero evoca ese espacio misterioso en que campan mis recuerdos. Leí todo lo que encontré en español y lo que no en inglés de Henry David Thoreau cuando estaba en el instituto. Yo también quería ir a los bosques. Yo también quería vivir a fondo. Yo también quería leer no en los tiempos (“The times”) sino en las eternidades. A los veinte años, después de una crisis brutal de sentido (¿hacia dónde mi vida?, me preguntaba día y noche sin hallar respuesta, cuarenta de fiebre sin motivo físico, no se abrían puertas, ni ventanas, ni tampoco la chimenea), encendí el televisor y apareció un tal Jodorowsky hablando sobre “Psicomagia”. Estuve meses devorando todos sus libros, me explicaron cosas de mi vida, abrieron puertas por las que entré al bosque de Thoreau, y de ahí nadé en el Duero de Machado, y el río desembocó en un mar sin palabras, más allá de los libros, y me meció tras borrascas para llevarme a una bella isla al este del Mediterráneo (Chipre, Mawlana).

Pensé que mi corazón había encontrado lo que mi cabeza había buscado en los libros, y que ya no volvería a disfrutar tan apasionadamente de ningún autor.

Pero me equivoqué. Ahora estoy más sosegada, soy más realista y a la vez más entuasiasta, tengo para leer no más de dos o tres horas cada semana. Pero he encontrado, sorprendentemente (¡cómo es la vida!) un autor al que consignar ese tiempo. Un escritor que me refleja y a la vez me enseña y escribe justo lo que a mí me gustaría escribir. Todos sus temas me interesan. Su profundidad es agua fresca. Sus palabras me hacen recordar siempre lo más importante. Mi corazón se renueva al saborearlas. Se llama Pablo D’Ors. Y, entre otras obras, ha dado a la luz “Biografía del silencio”.

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Navidad

Hemos despertado hace poco. Omar primero, como casi siempre. Ha empezado a hablar sin decir nada en su cama y luego se ha levantado y se ha empeñado en que también era hora de levantarse para los demás. Nunca para hasta que nos tiene a todos danzando junto a él. 

Estamos los cuatro en casa. Amanece un día tranquilo. Afuera llueve. Las gotas de agua cuelgan de los árboles calvos como las bolas de los árboles de Navidad. ¿No hay nieve, mamá? Pregunta Abraham, que ha imaginado por lo que ha visto en la tele que Navidad y nieve son una misma cosa. 

Detrás de mí se insinúan todas las Navidades de todos los años vividos. Siempre para mí fueron días de felicidad. De adolescente, cuando prefería escribir a dormir, soñaba con pasar una Nochebuena encerrada en un silencioso templo. Ahora, ¿qué significa la Navidad ahora?

Creo que dos cosas: una emoción casi nostálgica ligada a mis años de infancia (el turrón de chocolate de mi abuelo, los juegos con mis primas, aquella vez que subimos a la azotea del piso de Ávila y lo vi, de verdad que lo vi, a Papá Noel volando por el cielo, la libertad que sentía en la Emisora de Arganda, las aventuras, los regalos, mamá despertándonos el día de Reyes Magos); y la conciencia del sentido profundo que tienen estas fechas. Celebrar la Navidad cada año es ponernos en disposición de recordar (con todo el corazón) que hubo alguien una vez que vino a amarnos a todos más de lo que nosotros nos permitiríamos jamás amarnos a nosotros mismos. Tan puro que fue el espíritu de Dios inseminado directamente en el cuerpo de una mujer virgen. Tan excepcional, que su ser late en el corazón de todo humano. Puro, inabarcable, inimitable, Cercano, amante, hecho piel con nuestra piel.

Recordar a Jesús, refugiándonos en algún momento del ruido externo, protegiéndonos de la fiebre consumista que sobrevive a la crisis, dejándonos mecer por él, entrar en él, acceder a nuestros espacios secretos, en silencio (afuera el frío, dentro del hogar). Recordar a Jesús, aunque sea un solo momento, hace que estas fechas sigan mereciendo la pena. 

Feliz Navidad. 

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